Una decisión más para vivir

Hay una anciana en mi barrio que hace la compra a primera hora de la mañana. No importa el tiempo, ya puede caer el diluvio universal, que siempre está en la puerta esperando a que abran: un bastón en una mano y su viejo carro en la otra. Cuando sale, el hombre que suele sentarse a pedir en la puerta todavía no se ha instalado.

Por algún motivo, el mes pasado, la mujer empezó a llegar más tarde al supermercado. El primer día que se topó con el hombre de la puerta se paró en seco y, horrorizada, lo contempló durante unos segundos.

Desde ese momento, dejó de aparecer la primera. Fue motivo de conversación entre las cajeras durante días. Algunas le preguntaron por su estado de salud, preocupadas. Sin embargo, ella aseguraba estar tan bien como siempre, «con los achaques de la edad, pero bien».

No obstante, algo ocurría. Recorría los pasillos ausente y, al salir por la puerta, se quedaba mirando al hombre sin decir palabra ni darle dinero. El hombre había reparado en ella enseguida y, con timidez, la saludaba cada mañana con su sonrisa más sincera.

A él le recordaba a su abuela. Frágil y de lento caminar. Algo en su presencia le traía recuerdos de su infancia, con lo que su sonrisa nacía desde lo más profundo de su ser cuando la veía. Ella no le correspondía, pero no le importaba, no era algo que hiciera con la intención de recibir algo a cambio.

El veinticuatro de diciembre, la mujer llegó a media mañana. Tardó más que de costumbre en hacer la compra y cuando salió, se paró frente al hombre de la puerta. Por primera vez en semanas, le dirigió la palabra.

—Antonio. Ya está bien, ¿eh? ¿Crees que te voy a dejar aquí el día de Navidad? Levanta de ahí, anda, y vamos a casa.

El hombre la escuchó, confuso. Miró en todas direcciones sin saber qué hacer. Ella permanecía ante él sin moverse.

—¡Venga! Coge las bolsas, ¿eh? No me hagas cargar a mí con ellas.

Él reaccionó y se levantó. Incrédulo, tomó el carrito de la anciana y las bolsas que cogía con la mano del bastón. Ella echó a andar en cuanto se vio liberada de la carga y él, sin más remedio, la siguió.

Entraron en la pequeña casa y ella se encaminó a la cocina. Él la siguió y dejó la compra sobre la mesa. La anciana empezó a dar órdenes y él a cumplirlas. Cuando quiso darse cuenta, se encontraba sentado a la mesa frente a la mujer y ante un exquisito guiso caliente. La boca se le hizo agua y no pudo evitar empezar a comer.

—¡Pero bueno! —Exclamó ella—. Eso no te lo he enseñado yo, ¿eh? Primero se bendice la mesa, hijo.

Él dejó los cubiertos sobre la mesa, arrepentido. Todavía no se había atrevido a decir palabra. Ella comenzó a recitar un discurso de agradecimiento memorizado en la juventud. Él no acertó más que a mirar y desear hincar el diente en cada plato que adornaba la mesa.

—Antonio, hijo. Te voy a perdonar lo que me has hecho porque es Navidad, ¿eh? Pero esto no se le hace a una madre… Sé que tengo parte de culpa, porque te dije que no volvieras a esta casa. Pero, hijo, si lo necesitabas tenías que haber venido, hombre. Mendigar a tu edad…

El hombre perdió el apetito de golpe. Ella tomó los cubiertos y comenzó a comer, al sentir que él no hacía lo mismo le preguntó.

—¿Qué haces que no comes, hijo?

Él la miró con tristeza y no pudo evitar que algunas lágrimas recorrieran sus mejillas.

—No soy Antonio. —Lo dijo con un hilo de voz —. No soy su hijo.

Él se sentía incapaz de comer dada las circunstancias, sin embargo no parecía un problema para la mujer.

—No digas tonterías, ¿eh?

Él seguía sin probar bocado a pesar de que su estómago rugía de hambre. Sentía que su obligación era marcharse, en ningún momento quiso engañar a la mujer. Siempre fue honrado y no quería aprovecharse de nadie. La comida que tenía ante él era la más abundante a la que tenía acceso desde hacía años y sentía una atracción inevitable.

—Debo marcharme. —Se levantó de la mesa y se quedó quieto a poca distancia.

—¿Es que quieres amargarme la Navidad? —Su cara mutó en una mueca de decepción—. Por favor, Antonio… Sé que no debí echarte, pero quédate conmigo hoy. ¿No ves lo sola que estoy?

Él volvió a sentarse. Comió en silencio y miró a la mujer de vez en cuando. Ella correspondía con la sonrisa que no le había dirigido en la calle.

Terminaron de comer y se sentaron en la pequeña sala frente al televisor. Ella le preguntó sobre su vida, quería saber qué había hecho cuando ella lo echó de casa. Él le contó su propia historia, sin saber si el verdadero Antonio habría sufrido su misma suerte. Ella le pidió perdón. Él le dio las gracias.

La anciana confesó tener su habitación tal y como la había dejado. En aquel lugar apenas había espacio para una cama y un armario, pero el techo bajo el que estaban era más de lo que él había esperado aquella mañana. Ella le pidió que se quedara y él, pese al miedo de estar haciendo algo incorrecto, aceptó.

Cuando, días después, los dos fueron al supermercado, nadie fue consciente de que el hombre de la puerta, una vez aseado y vestido con ropas adecuadas, se había convertido en Antonio. La anciana sonreía por haber recuperado a su hijo, sentía su error de hacía años enmendado.

Él se tomó aquella tarea como un trabajo. Un trabajo del que disfrutaba y por el que daba las gracias cada día. Temiendo el día en el que el hijo verdadero apareciera ante ellos y destruyera aquella extraña felicidad.

Yo, por mi parte, decidí guardarles el secreto.

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