Inés apagó la televisión de mal humor y se fue a su habitación. Las noticias que llegaban desde todos los rincones del mundo le daban ganas de llorar. La impotencia de no saber qué hacer, la sensación de estar paralizada, le daban ganas de gritar. Cerró la puerta y se dejó caer en la cama. Poco después se dio cuenta de lo inútil de su gesto: vivía sola. Nadie vendría a importunarla con preguntas o peticiones absurdas. No había necesidad de cerrar puertas ni motivo por el que contener la furia.

Tomó la decisión guiada por un impulso. Llenó una mochila con algo de ropa y un neceser con lo básico; en una bolsa de tela metió la novela que estaba leyendo, un cuaderno para escribir y su portátil. No tenía mascota a la que alimentar, ni familia a la que rendir cuentas. Su trabajo era telemático. Así de libre era para dejarlo todo y marcharse a otro lugar.

También, tenía la suerte de contar con una pequeña casa en el pueblo, la que utilizaba su familia en verano para pasar unos días. Una vieja casa con lo mínimo necesario para disfrutar de los días de vacaciones. Y lo mínimo necesario para que Inés huyera del ruido negativo que emitía el mundo desde cualquier dispositivo, en cualquier conversación, a cualquier hora. Cocina, baño y una cama. No necesitaba más. Pronto descubrió que el pequeño jardín y el camino que llevaba al río serían el mayor valor añadido de aquel exilio voluntario.

En la casita no había televisión, solo una radio que se encendía las mañanas de verano. Inés la desenchufó: su objetivo era aislarse un tiempo. Olvidar que todo amenazaba con destruir el supuesto estado de bienestar. Quería desentenderse de todas las noticias que llegaban a sus oídos y la hacían enfermar. Cada asesinato machista dolía como si fuera el de una familiar. Las niñas de la guerra le parecían las hijas que todavía no había tenido. La economía y la política, la corrupción, problemas con raíces tan profundas que le hacían ansiar podar de una el sistema en el que se sentía atrapada.

Quería escapar de todo ello. Escuchar sus pensamientos, sentir el latido de su corazón. Necesitaba sanar de una enfermedad que la agotaba, del hastío que le impedía avanzar en su vida. De alguna manera, había achacado los problemas que encontraba en el exterior como la causa de su infelicidad y, decidida a acabar con semejante sensación, se encontraba en el campo, dispuesta a descubrir la forma de enderezar su vida.

Los primeros días resultaron abrumadores. La soledad, a la que en cierta forma estaba acostumbrada, la golpeó con fuerza. Se dio cuenta de la compañía que la televisión de la que tanto renegaba le brindaba cada noche mientras cenaba. La novela le duró pocos días, pues no tenía mucho más que hacer una vez terminada la jornada laboral.

Por suerte, llegó el buen tiempo y el exterior resultó ser el mejor aliado para las horas muertas. Paseó por los caminos que conocía de la infancia y descubrió otros tantos nuevos. Se pateó los alrededores de la casa y del pueblo. Su calzado habitual le permitía caminar entre el barro, así que no tuvo problema en explorar rincones nuevos y extraños. Descubrió animales e insectos donde antes apenas posaba la mirada. Plantas interesantes y árboles frondosos bajo los que descansar. Aprendió a ver la naturaleza con una nueva mirada y el bienestar no tardó en llegar.

Gracias a otro impulso, tomó la siguiente decisión. Empezó un blog donde plasmar esa nueva realidad a la que había accedido y que le generaba esperanza. Ya no sentía dolor por las noticias negativas del mundo. En su escondite en el monte tenía acceso a otro tipo de estímulos y de esa manera nació lo que llamó “El noticiario de Inés”. En él plasmaba lo que veía en el entorno en el que se encontraba su casita. Si veía algún animal, investigaba sobre él y escribía un artículo con lo que ella consideraba más interesante. Se hizo experta en reconocer plantas medicinales. A veces las recolectaba, pero nunca sabía qué hacer con ellas después.

El blog fue creciendo poco a poco. Sus amigos y familiares fueron los primeros en leer aquellos artículos que surgían de una capacidad de escritura que nadie le conocía. Con el tiempo llegó a más personas y eran muchas las que esperaban el nuevo artículo de aquel novedoso noticiario donde las nuevas eran positivas y aportaban esperanza al mundo.

Inés había descubierto una nueva rutina en la que los continuos quehaceres le evitaban sentir esa soledad que la abrumó los primeros días. Se atrevió a visitar a su familia y amistades un día, cuando notaba que se sentía más fuerte y capaz de afrontar la vida fuera de su cálida burbuja de bienestar.

Fue unos días después de aquella visita cuando se dio cuenta. Se descubrió tirada en la cama, con la vista fija en el techo. La desazón había vuelto. Una inquietud interna que no sabía de dónde procedía. Había eliminado, o eso pensaba, el motivo de su supuesta enfermedad: la negatividad del mundo. Sin embargo, la felicidad que esperaba conseguir seguía sin aparecer.

Buscó la fuerza que necesitaba para levantarse de la cama. Recogió las cosas que había llevado y las volvió a guardar en la mochila y en la bolsa de tela. Se despidió del camino que llevaba al río donde tantas plantas había descubierto. Se despidió del jardín en el que terminó la primera novela que se llevó y otras que había cogido en préstamo de la biblioteca del pueblo. Cerró con llave y cuando se montó en el coche no miró atrás.

El noticiario de Inés cerró de la noche a la mañana sin un artículo de despedida. Las noticias seguían ahí, a plena vista de quien quisiera descubrirlas. Inés, seguía con la misión de encontrar su propio camino, sin nadie a quien rendir cuentas, sin ninguna mascota a la que alimentar. Así de libre para encontrarse a sí misma.

Ibo

Imagen de Erda Estremera.

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Sobre mí

La forma que tengo de vivir es a través de la creatividad. La escritura, la música, las actividades que me permiten trabajar con las manos… La naturaleza me inspira y me ayuda a respirar en este mundo en el que las prisas me ahogan. El mar, el bosque, la montaña… Lugares en los que soy feliz.

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