Paranoia

Ayer volvió la migraña. Pensaba estar haciendo todo bien. El tratamiento, dormir ocho horas, mantenerme activa, comer decente… Tal vez el estrés, la angustia, fue lo que la desató esta vez.

Los faros de los coches se clavaban como pequeños alfileres en mis ojos de camino a la última PCR. Mal indicador. La vuelta fue parecida, con la suma del dolor de nariz. La angustia empezaba con una cuenta atrás indeterminada. En realidad se prolongaba.

Y el malestar, el dolor de cabeza, la temperatura más alta de lo habitual, signos de un mal ajeno al Covid. La paranoia desatada que engendra monstruos efímeros en una mente temerosa de fallar. Preocupaciones de lo más dispar. En este caso la condena de haber podido contagiar, el miedo de desarrollar síntomas que se prolonguen en el tiempo.

Un cuerpo que reacciona. Se pone alerta en busca de ese mal que invade las defensas. No lo controlas, no hay manera de hacerlo. Es automático, por fortuna.

Y vuelven los recuerdos de una Navidad robada. Llorando en cada esquina. Arrastrando las zapatillas por casa. El vacío, el silencio. Todo era gris. La falta de gusto en una comida exquisita. El champán que solo sirve para disfrazar la congestión y ahogar las penas. Se suponía que no se iba a repetir.

Y no se repetirá. Esta vez tendré Navidad. La tendré porque ha servido el aviso. No te relajes. Sigo aquí.

Ya no solo el virus. El miedo, la ansiedad, el distanciamiento social, el cambio en las rutinas, la falta de sonrisas. EL MIEDO.

Y luego la culpabilidad. Porque estoy sana y hay gente que no lo está. Y es por eso que importa el doble que nos cuidemos. Porque cuando haciendo algo tan fácil como cuidar de uno mismo se protege al de al lado parece de necios no hacerlo.

Y a veces no lo hacemos.

¿Para qué? Para dejar entrar a esa angustia. El no saber cuál será el resultado. Jugar a esa lotería no merece la pena.

Esta vez, la amenaza del virus ha desaparecido con un SMS. Mi migraña se queda conmigo unos días más.

Aun con todo, estoy aquí, escribiendo. Todo un logro. Buceo entre todas esas sensaciones, sentimientos que a veces me alejan del teclado, para poner palabra tras palabra a esta situación que seguro comparto con alguien más.

Porque aunque pueda parecerlo, no estamos solos. Seamos amables. Cuidémonos. Hablemos. Sonriamos.

Tal vez pueda parecer que espero demasiado de la Navidad. No lo hago. Solo deseo poder abrazar a mis padres, ver la ilusión de mi sobrina al abrir los regalos, besar a mi pareja tras la última campanada y no tener migraña.

Igual sí, pido demasiado.

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