De cuando se produjo el desastre que cambiaría sus vidas…

            Linnette corría tras su hermana, la sonrisa anclada en su rostro, como era habitual. El brillo en los hermosos ojos oscuros. El pelo revoloteando con el viento, como ella misma, disfrutando de la libertad.

               A pesar de que quedaba rato para la hora de cenar, el cielo lucía oscuro, más por las nubes que anunciaban tormenta que por la ausencia del sol, pero ellas se movían entre los árboles del bosque sin temor: lo conocían. Podría decirse que aquel bosque, al que se llegaba desde la calle más larga de Elladamn, era su segundo hogar. En su interior se ocultaba el mayor secreto de la aldea, un lugar mágico donde residían, dispuestas en simetría, las piedras pertenecientes a un poderoso Clan. Los miembros del Clan de la piedra siempre habían vivido en Elladamn, habían crecido en sintonía con la naturaleza que rodeaba la aldea y entendido que todo lo que podían encontrar entre los árboles y plantas era protección y remedios para ejercer la sanación. Así pues, las dos hermanas no podían contar con mejor lugar para jugar que aquel bosque que, en parte, les pertenecía.

               La hermana mayor se abría paso entre los helechos, buscando despistar a su hermana, tratando que la pequeña perdiera el aliento y suplicara el fin del juego. No obstante, eso nunca ocurría. Con tan solo nueve años, Linnette corría como el viento, zigzagueaba sin resbalar entre raíces y arbustos, y aunque no llegaba a alcanzar a su hermana por la velocidad; no se cansaba nunca. Ambas reían después de la tarde de descubrimientos que habían vivido junto al acantilado, su lugar preferido para charlar, y nada parecía poder estropear el que había sido un día perfecto de confesiones y risas.

Linnette alcanzó a ver el pelo rubísimo de Ayleen y por un momento pensó que había conseguido correr tanto como su hermana. Sin embargo, lo que ocurría era que Ayleen había dejado de correr, su hermana pequeña chocó contra ella al no percatarse de que no continuaría con su juego. Habían alcanzado la calle más alejada de Elladamn, la que comunicaba el bosque con la plaza de la aldea; la más larga y también la que más escondites ofrecía. Los árboles del bosque invadían el sendero que pronto se veía plagado de casetas de madera y, más adelante, de tenderetes de algunos de los artesanos de la aldea. Al doblar la primera esquina aparecían algunas casas de dos pisos. Y así, a medida que se avanzaba por el camino, uno parecía olvidarse del bosque que aguardaba, misterioso, en lo alto de la ladera.

– ¡Ayleen! – Linnette no entendió a tiempo la mueca de horror que se extendía por el rostro de su hermana y, con su grito, llamó la atención del objeto de terror de su hermana.

– ¿Queréis uniros? – Brad, el temible compañero de la escuela de Ayleen, las observaba desde el suelo, acurrucado en el callejón que se formaba entre las dos últimas casas del camino. Entre sus manos, un gato de pocos meses luchaba por recuperar su libertad a base de zarpazos y maullidos cargados de rabia. – Acabamos de empezar. – La sonrisa malvada del muchacho provocó que un escalofrío recorriera la espalda de Linnette, quien habló sin pensar.

– ¡Suéltalo! – Ayleen, que conocía mejor al chico, la agarró por el brazo y dio varios pasos hacia atrás.

-No acepto órdenes de mocosas. – Brad centró su atención en el felino y estrechó sus manos en torno a su cuerpo, obteniendo un maullido de dolor.

-Como no pares… ¡te arrepentirás! – Linnette logró zafarse de la mano protectora de su hermana y se abalanzó hacia el chico sin temor, con la furia brillando en sus ojos y la valentía que otorga el desconocimiento.

-Linnette, volvamos a casa. – La hermana mayor, conocedora de lo que podía ocurrir ahora, volvió a tomar a la pequeña por el brazo, tirando de ella hacia el centro del camino.

-No, esperad. – Brad se levantó, dejando correr al minino hacia alguna de sus guaridas. – Tengo curiosidad. ¿Cómo pretendes hacer que me arrepienta, niña?

                Linnette tragó saliva y metió las manos en los amplios bolsillos de su falda: hacía tiempo que estaba preparada para un posible enfrentamiento con Brad. Desde la última vez que había hecho llorar a su hermana en la escuela, para ser más exactos. Sintió un atisbo de pánico cuando Brad se acercó a ella, situándose a sólo un par de pasos de donde se encontraban. Se armó de valor y sacó una vela del fondo de su bolsillo. Por fin podría hacerle ver a aquel abusón y maltratador de animales, que había dos chicas con las que no debía meterse en la aldea. Dos hermanas que eran capaces de hacer cosas que él no podría entender, y esperaba, que esa fuera la liberación de su hermana de los constantes ataques de Brad. Se acercó a su hermana y murmuró unas palabras en su oído, Brad esperaba, expectante, apretaba un puño contra el otro, preparándose para la verdadera diversión que le esperaba esa noche. Ayleen la miró con los ojos desorbitados y pasados unos pocos segundos accedió a colaborar con su hermana asintiendo, más para sí que para contestar a Linnette. Se cogieron de las manos y Linnette elevó la vela que sostenía con fuerza en la mano izquierda, la situó a la altura del pecho de Brad y fijó su mirada en ella. Brad emitió una carcajada sin entender. Chasqueó la lengua y cuando se proponía a mofarse de las dos chicas, estas murmuraron unas palabras ininteligibles para él.

               Todo ocurrió muy deprisa: las voces de las dos chicas pertenecientes al clan de la piedra se elevaron en el silencio de la noche cargadas de temor. Una chispa se encendió entonces, como tantas veces habían visto en la chimenea de su hogar cuando, obedeciendo a las palabras de su madre, se encendía el fuego que calentaba la casa. Palabras que Linnette había tardado en averiguar, pero que ahora había pronunciado con toda la fuerza que albergaba su pequeño cuerpo, con toda la energía de la magia que corría por sus venas.

               La sonrisa triunfal en el rostro de Linnette pronto se vio sustituida por una mueca de espanto. Ayleen emitió un sonoro grito y su hermana apretó su mano presa del pánico. Se quedaron paralizadas durante un instante, observando cómo la chispa que había surgido en la camisa del chico ascendía lentamente por ella, envolviendo parte de su cuerpo. Lenguas anaranjadas se mecían caprichosamente en torno a la piel del muchacho, abrasando cada centímetro que encontraba a su paso. Los gritos de Brad, guturales, lograron que las chicas despertaran de su estado de letargo; el miedo y la culpabilidad, hicieron que salieran corriendo camino abajo. Abandonando a su suerte a Brad, quien se retorcía en el suelo tratando de apagar las llamas. Dejando atrás el bosque donde residían su inocencia y sus juegos infantiles. Incumpliendo la única norma impuesta por su clan: nunca emplear la magia para dañar a otros.

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