El precio del café

– Informe semanal: tras varios estudios realizados a bordo, hemos llegado a la conclusión de que se debe considerar la posibilidad de que las causas del siniestro del ZK313 fueran debidas a la existencia de un agujero negro en las inmediaciones donde se realizaban las tareas de reconocimiento…

     Nada más escuchar a su superior decir las palabras agujero negro, Alex apretó el recipiente lleno de café que sujetaba con la mano izquierda; con la derecha manejaba el teclado sensorial en el que introducía las reflexiones que dictaba Marcus.

     El líquido se separó en infinidad de gotas uniformes que flotaron desordenadas y a una velocidad constante. Marcus dejó de dictar el informe y miró a su subordinado con el hastío reflejado en sus ojos. Se lo habían vendido como el mejor de su promoción, cosa que no dudaba, pero le estaba costando horrores acostumbrarse a su personalidad, abierta a la divagación y a la charlatanería; del todo opuesta a la suya. Marcus pulsó a todo correr el botón azul que había aprendido a encontrar con rapidez, no era la primera vez que aquello sucedía, y en un instante, apareció ante ellos un dispositivo cilíndrico que encontró la fuga de líquido y, de un modo muy eficiente, la succionó, evitando así que el café estropeara alguno de los paneles de navegación.

– Haz el favor de dejar de tomar ese fluido infernal – Marcus se dirigió a otra zona de la nave impulsándose con las manos y flotando a través de la nave.

– Me ayuda a controlar el sueño, estos días estamos teniendo muchas guardias –Alex recogió el recipiente donde ya no quedaba ni gota de café, colocó la tapa que, con la presión, se había salido y miró receloso el lugar donde escondía los granos molidos de café, esperando que Marcus no los encontrara, ya que de hacerlo, no le cabía la menor duda de que se desharía de ellos.

– Toma los comprimidos de vitamina y cafeína, su efectividad es cien veces superior a la de ese desfasado método de energía.

– Si antes lo tomaba tanta gente, sería por algo – repuso Alex, sin querer admitir la realidad: odiaba tragar los comprimidos cada mañana, ya tenía suficiente con las cápsulas de alimento obligatorias.

– Antes también ingerían productos que se hinchaban en sus estómagos liberando metano y haciendo que sus cuerpos se inflaran y se desfiguraran sin control, ¿los tomarías ahora? – Marcus operaba con uno de los ordenadores de abordo, introduciendo coordenadas y vigilando que los datos fueran correctos.

– No… Pero esto es diferente.

– ¿En qué? – Marcus dejó lo que estaba haciendo para mirar a su compañero tratando de entender su razonamiento, aún debían permanecer bastante tiempo trabajando juntos en esa misión y quería que se llevaran bien y el trabajo fuera agradable.

– Creo que no puedo dejarlo – la voz de Alex fue apenas un murmullo.

– ¿Te has enganchado? – Marcus lucía perplejo, no había conocido a nadie con una adicción en sus ciento veinte años. Había leído sobre ellas, pero era algo que se había erradicado hacía siglos.

– Eso me temo – la culpabilidad se reflejó en el semblante de Alex, quien alzó los ojos para disculparse. En silencio quiso convencerse a sí mismo de que sería capaz de dejarlo.

– ¿Me dejarías probarlo? – la curiosidad se reflejó en el rostro del superior, científico hasta la médula, que en su interior no podía luchar contra la necesidad de saber qué se sentía ante una adicción.

– Sí, claro… – Alex dudó ante tal cambio de interés – Pero, tendremos que racionar lo que queda.

– ¿Cuánto tienes?

     Marcus lo contempló divertido, no se había llegado a plantear que debía tratarse de un producto de contrabando. De la tierra, devastada por el cambio climático que sus habitantes habían provocado, se habían rescatado bastantes especies de animales, pero no había habido tanta suerte con las semillas y plantas, pues el desconocimiento de los modos de preservación había hecho que muchas se echaran a perder. Con los animales hubo más suerte, debido a la desarrollada ingeniería en alimentación artificial. Marcus no podía imaginar cuánto podía costar un solo grano de café. Eran pocos los que tenían acceso a los productos que, por otro lado, apenas se consumían.

– Traje lo necesario para toda la misión- Alex miró por la escotilla desde la que se divisaba el sistema solar Ellarus y quiso que Marcus comprendiera -, para una persona.

– ¿Podrás sacrificar el café de un día para que lo pruebe?

     Alex bajó la mirada a sus manos, ¿de verdad le estaba preguntando eso? En su cabeza escuchaba a gritos la respuesta: ¡no! Estaba seguro de que una taza no sería suficiente, una vez que experimentara su aroma, una vez que paladeara su sabor, querría otra al día siguiente, como él mismo había experimentado. Pero ahora Alex necesitaba el café para vivir y podría llegar a cometer una locura si no tuviera su ración diaria.

– Tal vez.

     Alex mantuvo fija la mirada en la vista que se abría ante él, un horizonte en continua expansión, con tantos lugares aún por descubrir, repleto de sistemas solares desconocidos. Una vista que esconde horrores en la oscuridad bajo una falsa apariencia de oportunidad. Un horizonte que ofrece la eterna pregunta a la humanidad, a esa multitud que busca incansable la respuesta, perdiendo de vista los descubrimientos y los avances que carga a sus espaldas. ¿Estamos solos en el universo? Sin reparar en lo más grave: que no importa en realidad la respuesta, sino saber si seríamos capaces de vivir aún con la negativa. O incluso, si seríamos capaces de vivir aún con la respuesta afirmativa.

     Marcus reanudó los procesos habituales de verificación, absorto en los procedimientos que debía realizar. Alex continuó con la mirada perdida en el espacio, pensando en la pregunta eterna y en su café. Con la certeza de que no renunciaría a él en los días que quedaban de misión y que, pese a no poder vivir sin café, sería capaz de vivir solo en el universo.

***

La imagen la he tomado de Pixabay, el autor es FelixMittermeier.

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