Reto enviado por Literatura9752: Lágrimas y metal

                El chirrido de la puerta era uno de esos sonidos a los que Alice estaba acostumbrada. Cuando alguien la abría desde fuera sonaba con un deje ligeramente más agudo que si se hacía desde dentro de la casa. Dejó la bolsa en la que estaba guardando los víveres necesarios para su viaje y se giró para encararse con su visitante. Enmarcado por los rayos de sol que entraban desde el exterior, un hombre la observaba con el rostro oculto por el contraste de la luz. No obstante, sabía a la perfección de quién se trataba; la espalda encorvada, los hombros anchos y el pelo cano solo podían pertenecer a una persona en todo el pueblo: su maestro.

                Rod entró envuelto en su silencio y un aura de extraño misticismo, se dirigió al gran sillón que descansaba frente a la chimenea apagada y aguardó a que su pupila llegara hasta él. Ella sonrió de buen humor, en ocasiones Rod actuaba así y con el tiempo había aprendido a responder con paciencia y más silencio. Pronto alcanzó el rincón de la casa donde se contaban cuentos y las noticias de otros pueblos, escogió el cojín más mullido que encontró y se sentó frente a él.

                Pasaron varios minutos así, Alice no sabía a qué esperaba su maestro, si estaba pensando qué decirle o si, simplemente la quería contemplar para no olvidar su imagen, puesto que sabía que tal vez nunca más volverían a verse. Pronto descartó esa idea, Rod no era la clase de persona que se lamenta o que se recrea en su propio dolor. Un recuerdo fugaz le vino a la memoria y se dio cuenta de que siempre había sabido que, pese a su imagen de debilidad, la fortaleza de aquel hombre era inigualable.

                Cansado de ver como Alice se removía sentada en el suelo, probablemente incómoda e inquieta por preparar todo para su partida, Rod decidió pasar a la acción. Introdujo su mano en el bolsillo interior de su chaleco y sacó un saco de cuero. De él extrajo algo que Alice no llegó a ver y con un gesto ceremonial se lo entregó a la joven.

– Son lágrimas de metal, el mayor talismán conocido en esta tierra. Portarlas tocando la piel hace que ninguna magia pueda tocarte. – Alice lo miró con los ojos como platos. Bajó la vista a sus manos y contempló el collar que le acababa de entregar su maestro: de una fina cadena de plata colgaban numerosas piezas de algún material oscuro que según la luz que le diera emitía un extraño fulgor. Como su propio nombre indicaba, tenían forma de lágrimas.

– ¿Ninguna magia? – Rod asintió con lentitud y un gesto de advertencia en su semblante.

– La magia negra no podrá dañarte, pero tampoco influirá en ti la magia blanca, la más pura… En ocasiones deberás quitarte esta joya, ya sea para realizar algún conjuro o para absorber del entorno la energía necesaria para sanar o averiguar información – Rod recogió el collar de las manos de su pupila y en un momento lo colocó en torno a su cuello – pero no olvides que nadie debe saber que la tienes en tu poder.

– ¿Por qué me lo das? Es… – Alice sentía la emoción a punto de desbordarse por sus ojos, nadie había confiado tanto en ella como su maestro estaba haciendo en ese momento – demasiado.

– Vas a emprender un viaje peligroso, es mi deber… protegerte. – El maestro bajó la mirada – no eres consciente, ¿verdad?

–  ¿De qué? – La joven se sentía confusa, su mano había volado a la base de su cuello donde descansaba la forma de magia más increíble del mundo y no era capaz de pensar con claridad.

–  ¿Cuántos años llevo enseñándote? ¿Siete? – Ella contó mentalmente y asintió, – ¿crees que podría dejarte partir sin más? ¿Sin protección? ¿Sin mis sabios consejos? – Una sonrisa se ensanchó en el rostro redondo de Rod y los ojos le brillaron con fiereza, – fuiste difícil al principio, no obedecías y siempre intentabas salirte con la tuya… – Alice resopló, recordando los tiempos a los que se refería –, pero después has mostrado una capacidad de aprendizaje inversamente proporcional a tu tamaño – ambos rieron en voz baja, Alice era realmente menuda y delgada, al igual que su madre – y tener algo de sentido común. Me siento responsable de ti, si algo te pasara, me dolería en el alma. – La joven se quedó callada sin saber qué decir. – Vivo solo desde hace veinte años y la única familia que tengo eres tú. Antes pensaba que ese collar era lo más valioso que tenía, pero hoy sé que no.

                Alice apretó entre sus dedos las pequeñas piezas plateadas que, engarzadas en una finísima cadena, parecían temblar de emoción. Sin embargo, era ella quien temblaba. Entendía a qué se refería su maestro, también él formaba parte de su familia ahora, con el tiempo se había convertido en algo parecido a un padre para ella, confiaba en cada palabra que viniera de él. Siempre le había parecido un hombro hosco y reservado, por eso sus palabras la habían dejado paralizada. Cerró con fuerza el puño, prometiéndose a sí misma y al mundo entero que cuidaría aquel talismán como si fuera una prolongación de su ser y que volvería para devolvérselo a su maestro. Sin pensar, se abalanzó hacia delante y lo abrazó con fuerza, pronto sintió los brazos del anciano alrededor de su pequeño cuerpo.

– Voy a volver, te lo prometo. – Susurró las palabras sin ser consciente de que las decía.

– Más te vale, muchacha. – También él habló en un susurro.

                Los dos se levantaron mirando al suelo, a Alice le pareció ver por el rabillo del ojo que Rod pasaba su mano bajo sus ojos, como si quisiera borrar el rastro de la emoción. Ambos se miraron, en silencio otra vez, con una mueca entre la sonrisa y la expresión de preocupación. Rod enfiló hacia la puerta y Alice no pudo evitar preguntar.

– ¿Qué hay de ti? ¿Sabrás apañarte solo? – Ella sonrió a medias.

– Veré que puedo hacer. – La voz ronca y seca había vuelto, a la par que el andar lento y torpe. – Hace siglos que no necesito nada de ese talismán, era hora de pasarlo a la siguiente generación de hechiceros. Sé que lo cuidarás y que te hará servicio. Pero recuerda, nadie debe saber que lo tienes. – Se giró para mirarla a los ojos a la vez que decía esas palabras, – hay quien mataría por tenerlo. – Alice asintió después de tragar saliva. Cuando la determinación apareció en la mirada de la joven, Rod emprendió su camino hacia el exterior de la casa y cuando tenía la puerta en la mano le dirigió las últimas palabras – Y por otro lado, ya te he enseñado todo lo que sé, es hora de dejarte volar libre y que descubras por ti misma de qué eres capaz. Moriré solo, pero así hemos de dejar el mundo.

                Rod cerró la puerta de un golpe, el chirrido en esta ocasión pasó inadvertido para los oídos de Alice, quien sin poder evitarlo, repetía en su cabeza las últimas palabras de su maestro sin entender su significado. Sin recordar las palabras que le dedicó en su primera lección, cuando había aparecido en su vida y le había contado el secreto de la magia a regañadientes: estoy aquí para cumplir una misión, se me han concedido siete años más de sufrimiento en este cuerpo viejo y después mereceré mi lugar en el otro mundo donde no hay dolor, pena ni injusticia.

                Alice lo recordó a la vez que un escalofrío la hacía encogerse, abrió la puerta de su casa y cruzó corriendo el jardín que envolvía el edificio de dos plantas. Llegó al camino que bajaba hasta el río y vio su sombra a lo lejos: Rod avanzaba a paso rápido y de pronto, ya no estaba. Alice sintió que algo oprimía su cuello, un ardor intenso se había instalado en su cuello e instintivamente llevó su mano al collar. Tocó cada una de las lágrimas de metal, como él las había llamado y sintió una peculiaridad: una ardía entre sus dedos y parecía estar terminando de formarse. La sostuvo entre sus dedos tratando de cerciorarse de que lo que pensaba que había ocurrido era imposible. Recordando al instante la primera enseñanza de Rod: en este mundo nada es imposible.

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