Invisible

Hace ya algún tiempo escribí este relato, cansada de una actitud general en la gente… Es un tema que creo siempre estará ahí recordándonos que no somos tan buenos ni compasivos como creemos. Hacemos invisible a todo aquel que no encaja en nuestro mundo perfecto. Al fin y al cabo, ¿qué pasa con los refugiados? Hay mucha gente invisible a nuestro alrededor, no hace falta ir a otro país para darse cuenta. Así que, os dejo con este relato-denuncia-social, aunque sea poco realista, si hace pensar un poco, me doy por satisfecha.

******

Caminando por las calles repletas de tiendas de ropa y bisutería pensé en cómo conseguiría el dinero que me faltaba para comprar el regalo para la abuela. Sabía de la existencia de un reloj antiguo que le encantaría, pese a su aspecto desgastado, era elegante, y llevaba inscrita la promesa de haber vivido cientos de historias. Había visto aquel reloj hacía unas semanas y tras preguntar su precio decidí que había llegado el momento de ponerse a ahorrar. Dejé a un lado la calle concurrida y me dirigí hacía la tienda de antigüedades donde lo había visto. Caminaba a mi ritmo habitual, ni lento ni rápido, el suficiente para tener que sortear a las personas que avanzaban ensimismadas en sus cosas. En un principio pensé que no había reparado en alguna persona o en las bolsas de sus compras cuando tropecé y me giré dispuesta a disculparme con una de mis mayores sonrisas, pero al volverme no había nadie allí. Me paré en seco y miré hacia mis pies; sin duda yo lo había notado, algo había chocado contra mi pie, pero en el suelo no había nada. De pronto una tos seca y profunda sonó cerca, muy cerca de mí, y giré 360º sobre mí misma, para sentirme estúpida y algo rara después. No le di mayor importancia. Decidí que debía continuar mi camino si no quería que cerraran la tienda a la que me dirigía, tenía la esperanza puesta en que me dejaran pagar a plazos el regalo perfecto para mi abuela. Aquel día fue el primero de muchos extraños. Otras tardes volví a sorprenderme con tropezones y sonidos fuera de lugar. Aquel día fue el que desperté, sin ser consciente de ello, a la realidad del mundo en el que creía vivir.

El mundo en el que creía vivir es de colores vivos y caras sonrientes. De olores agradables y amistades fuertes. La música es grandiosa y acompaña a cada día, convirtiéndolo en algo maravilloso y digno de ser vivido. El mundo en el que creía vivir es dulce, justo y amistoso. La vida que creía tener es fácil, divertida y cargada de sentido. Mi vida, la de entonces, era simplemente perfecta, como el mundo: el mío y el tuyo.

Entonces desperté al mundo real, al de la contaminación, la pobreza y la injusticia. Empecé a ver lo que hasta ese momento no había sido capaz de enfocar y me sorprendí de la oscuridad de las calles que creía conocer. Me aterroricé con la realidad, en un primer momento pensé que había perdido la razón, por algún motivo, mi mente había enloquecido y no era capaz de ver el mundo, mi vida de siempre.

Las calles y la plaza que llevaban a mi casa, la panadería donde compraba cada día el pan, todo eso seguía igual; no obstante todo había cambiado. Intenté explicárselo entonces a mi madre, con ella siempre fue fácil charlar y cuando empecé a explicarme, su mirada fue cruel e incrédula; cambió de un modo que jamás habría percibido en la vida que creía tener. No intenté explicárselo a mis amigos, ni a mi novio; si ella me había mirado de aquella manera, ellos no serían menos. Mi padre intentó entenderme, pero no era capaz de sacar significado a mis palabras. Sufrí viéndolo con mis propios ojos y no siendo capaz de hacérselo ver a los demás. Me rendí entonces y decidí dejarlo pasar.

Durante los dos días siguientes, observé cómo se comportaban las personas, era capaz de recordar cómo se veía la ciudad antes de que despertara y lo cierto es que cuadraba cada gesto, aún así no podía comprenderlo. No entendía cómo ninguna persona era capaz de ver lo que pasaba en la urbanización en realidad. Aquella mañana en la que me rendí, me senté en uno de los bancos de la plaza y observé tratando de encontrarle una explicación, pero no pude.

El mendigo con el que me tropecé por segunda vez, cuatro días después de mi incidente en el camino hacia la tienda de antigüedades, dormitaba con la espalda pegada contra la pared. Su barba era completamente blanca, del mismo tono desgastado de los mechones que caían desde su cabeza. Su ropa era de un marrón oscuro que nunca antes había visto; antes de mi despertar, claro. Lo miré desde aquella distancia y comprendí que era el color de la suciedad acumulada por los días. Jamás había visto nada semejante con anterioridad. La angustia se concentró en algún punto entre mi estómago y mi garganta y tuve que tragar saliva varias veces para deshacer la bola que se había formado. Escuché el leve ronquido que emitió desde su garganta para, justo después, sobresaltarse él mismo con el sonido y despertar a la claridad del día.

No obstante, el mendigo no era lo más sorprendente, si bien es cierto que yo nunca antes había visto uno. Conocía la palabra por las viejas historias que había leído en novelas de los abuelos, pero nunca había visto uno antes. Aún así, lo más sorprendente era el resto de la gente. Los niños, los adultos, todos ellos vecinos de mi urbanización; todos ellos, que compraban el pan en la panadería de la esquina y bailaban en la verbena de las fiestas de verano, pasaban junto al hombre recostado en la acera sin dedicarle siquiera una mirada. Casi lo rozaban, algunos parecía que llegarían a pisar su pierna extendida, pero justo en el último momento lo esquibaban y tan sólo rozaban el pantalón del mendigo. Me sobresaltó la falta de preocupación de aquella gente y fui consciente de lo que ocurría, pero sólo en cierta medida. Como yo apenas una semana atrás, aquellas personas no eran capaces de ver a aquel hombre, envuelto en harapos y luchando por sobrevivir un día más, aquella persona era invisible para las demás. Me di cuenta de aquello pero continué sin encontrar una explicación.

Es fácil entender que a partir de aquel día mi vida cambió, no sólo porque ya no percibía el mundo como hasta entonces; mi forma de pensar evolucionó hasta un punto que no podía imaginar, cuestionaba todo. Repasé uno a uno mis movimientos de los días anteriores, buscando la causa de aquel cambio tan enorme, ¿por qué había despertado yo? ¿Por qué nadie más podía ver lo que era capaz de distinguir yo tan claramente? Aquellas preguntas me hicieron darme cuenta: el despertar, como yo lo llamaba, no había sido de golpe y porrazo como ocurre cada mañana cuando abres un ojo y el sueño que acabas de tener se evapora ante tus narices. Este despertar fue lento y progresivo. El primer signo fue aquel tropezón, el segundo la tos que siguió a aquel momento tan raro que me había hecho mover la cabeza de un lado a otro, tratando de sacudirme la estupidez que sentía. Poco a poco, seguí notando aquellos roces con algo invisible y los sonidos que parecían provenir de ninguna parte. Tardé varios días en distinguir al mendigo que ahora aparecía ante mí con total naturalidad. Pensé que tal vez aquello me diera alguna pista y decidí poner rumbo al lugar donde todo parecía haber comenzado.

Caminé más despacio de lo habitual, esta vez era la gente la que me esquivaba a mí, pese a que yo no caminaba ensimismada pensando en mis cosas, caminaba observándolo todo: la basura desparramada por las calles, algunas pintadas obscenas en las puertas de los garajes, el humo negro que salía disparado de los tubos de escape de los coches que abarrotaban la ciudad y, de vez en cuando, las personas que nadie más era capaz de ver. No estaban en todas partes, también es cierto, pero era lo más insólito que había llegado a conocer. Personas paradas en mitad de la calle: enfermas, hambrientas, ignoradas. Continué mi camino preguntándome por qué aquellas personas sin techo actuaban del mismo modo que las personas que pertenecían al mundo al que antes también yo estaba vinculada. Los vagabundos no miraban a las señoras subidas en sus tacones de marca, en ocasiones caminaban junto a esos hombres trajeados o se cruzaban con ellos sin llegar a rozarlos si quiera y me pregunté si ellos vivían en otra dimensión, en un mundo paralelo en el que todo era así de grís y marrón, en el que todo el mundo pasaba hambre y no era capaz de ver la realidad en la que la comida no es algo inesperado y fortuito. Me creí en aquel momento una especie de agente doble, provista de una vista privilegiada para ver en las dos dimensiones, una enviada tal vez, para distinguir los dos mundos, sin saber si tenía alguna misión que cumplir.

Decidí que aquella tarde no iría a la universidad, supongo que ya lo había decidido en el momento en el que había pensado en acudir a la tienda de antigüedades, pero no había sido consciente de ello hasta entonces. Alcancé la tienda apenas media hora antes del cierre, observé los objetos expuestos, situados sobre una mesa, pegando mi cabeza al cristal del escaparate. El reloj seguía ahí, gritándome que era el regalo ideal para mi abuela, ella había hecho tanto por mí: había cuidado de mí cuando era pequeña y mis padres tenían que trabajar, me había contado cientos, miles de historias y me había enseñado lo fuerte que es capaz de ser una mujer y todo lo que puede conseguir siempre que se intente con toda la energía que una lleva dentro. Ella era una luchadora, el tiempo no había corrido en su favor en su juventud, y aún así, allí estaba ella, vencedora de tantas batallas personales y lista para impulsarme a mí a resultar vencedora de las mías propias. Estaba pensando en ella, en todo lo que me inspiraba su voz debilitada por la edad cuando un golpe en el escaparate me sobresaltó.

– Te he dicho que te olvides de ese reloj. No sé cuántas veces te lo voy a tener que repetir. – La mujer de la tienda había asomado medio cuerpo por la puerta y mostraba cara de pocos amigos, me di cuenta de que aquello dudosamente habría ocurrido en mi mundo perfecto anterior.

-Sólo estaba pensando en lo feliz que le haría a mi abuela. – Sonreí tímidamente, tratando de ablandar a la mujer.

-Si no tienes el dinero para comprarlo, tendrá que ser feliz con algún otro regalo.

-Voy a tenerlo, doy clases a un niño los viernes, pero cobro a final de mes. Si pudiera pagarlo a plazos…

-Ya te dije el otro día que aquí no funcionamos así. – La mujer alargó el brazo y ordenó desde la puerta los objetos de la mesa que yo estaba mirando.

-Lo sé, pero podría por una vez, yo le prometo que se lo pagaré…

La mujer salió entonces por la puerta, se dirigió hacia donde yo estaba, con un paso tan decidido que tuve que retroceder y a punto estuve de caer sobre la acera. Alzó la mano izquierda, donde llevaba un paño húmedo y delante de mis narices lo pasó por el cristal, justo donde mi cabeza había reposado unos segundos antes para ver de cerca el que pensaba que sería el regalo perfecto que debía conseguir. Limpió enérgica el cristal, borrando la huella que había dejado mi frente. Me sentí ofendida y pensé que no debía tomármelo como algo personal, aquella mujer carecía de modales y decidí que no me rebajaría a su nivel.

-Siento haberle ocasionado molestias. Gracias por atenderme.

Noté en mi voz la falta de sinceridad en aquellas palabras y su doble sentido, pero sabía que aquella mujer, al no conocerme, no habría captado mi mal humor. Esperé a que retirara su mirada del escaparate y me dedicara algún gesto, echó su aliento sobre el cristal, formando un círculo de vaho, y acto seguido volvió a pasar el paño por el cristal. Sin dedicarme si quiera una mirada volvió a entrar por la puerta y la cerró tras de sí, después de colgar el cartel que decía “cerrado”. Me quedé en el sitio, estupefacta, con la mandíbula descolgada y la rabia recorriendo mi torrente sanguíneo. Decidí quedarme allí, con la frente pegada al cristal, a modo de venganza, hasta que saliera por la puerta. Apenas fueron cinco minutos, la mujer salió embutida en un abrigo de pieles, uno de esos caros y que atentan contra la continuidad de algunas especies de animales, cerró su establecimiento con llave y se alejó a paso resuelto, dejando atrás su escaparate y mi venganza. Volví a mirarla incrédula, giré la cabeza y la vi desaparecer tras una esquina. Entonces me sentí observada y miré al frente, en la otra acera un hombre me observaba, su barba no era tan blanca ni tan larga como la del vagabundo de mi plaza, pero su ropa era tan marrón como la que le había visto puesta. Me miró durante unos segundos más y continuó su camino hacia cualquier lugar. Sentí un escalofrío y comprendí lo que acababa de pasar. La mujer de la tienda había salido y no había reaccionado a mi niñería de apoyar la frente en el cristal por una sencilla razón: no me había visto.

[…]

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