Cuando descubrieron de qué eran capaces junto al acantilado (Parte 1)

Pasados dos años desde el trece cumpleaños de Linnette, cuando Moira enseñó a su hija lo que significaba pertenecer al clan de la piedra y había empezado a incluir a su hija menor en las tareas de la granja, las dos hermanas habían aprendido a trabajar en perfecta armonía. Por las mañanas atendían el huerto y clasificaban las hierbas que su madre recogía en la ladera de la montaña; esto alegraba a Moira, ya que algún día ellas mismas tendrían que reconocerlas y recogerlas. A media mañana Moira les dedicaba su tiempo y les enseñaba el arte de preparar ungüentos, la historia de su familia y las palabras y los conjuros que podrían emplear, solo en caso de necesidad. Antes de comer bajaban a la aldea, llegaban a la panadería y tas saludar a Ben y Linda y contarles alguna de sus travesuras, recogían el pan y de vez en cuando algún bollo de los que le gustaban a Ayleen. Tras hacer el camino de vuelta, el olor de los guisos de Moira las recibía por el camino de piedras.

Sin embargo, las tardes eran completamente suyas. Empleaban el tiempo en experimentar con la naturaleza, moviendo hojas con sus sentidos, escuchando a los insectos y buscando los caminos guiadas por el viento. Aquel había sido el primer conjuro que les había enseñado Moira: “si hay algo que nunca puede pasaros, es que os sintáis perdidas” les había dicho, “si no encontráis el camino de vuelta a casa, estas palabras harán que el viento os guíe a donde queráis”. Era un conjuro sencillo y muy útil: cuando se lo enseñó descubrieron atónitas que todos los ruidos del bosque se acallaban, el bosque parecía una pintura estática, nada se movía excepto algunas ramas y arbustos que se movían con el viento, marcando el camino a seguir. Nunca olvidaron esas palabras. Solían sacar tiempo para llegar hasta los acantilados y observar el atardecer, se había vuelto su ritual: se sentaban  al borde del precipicio con los pies colgando, se agarraban de la mano y esperaban en silencio a que el sol desapareciera tras el mar. Era sencillo dejarse llevar por esa rutina.

Una tarde su tranquilidad se vio interrumpida por un grito. No muy lejos de la costa un pequeño bote flotaba volcado, el vaivén de las olas lo mecía aparentemente con dulzura, pero el mar estaba embravecido aquel día. Las dos hermanas se levantaron a la vez buscando al pescador que iría en el bote y un nuevo grito dirigió su mirada bajo sus pies. Cerca de las rocas el viejo Brais luchaba contracorriente para alejarse de ellas, pero la fuerza de las olas y su incesante ir y venir lo hundían y agotaban sus fuerzas sin resultado alguno. No había más testigos que ellas y sabían que estaba en sus manos salvar al hombre.

– ¡Vayamos a por él! – gritó Linnette mientras se asomaba al borde del precipicio con la clara intención de saltar.

-¡No se te ocurra! – le reprendió su hermana – esto está altísimo, ¡te vas a matar!

-¡Pero se va a ahogar! – La vista de Linnette se clavaba en la situación del hombre que a duras penas braceaba tratando de dirigirse a una zona segura. Linnette observaba con el terror en la mirada como el mar lo azotaba sin cesar.

-Sé que es lo correcto, pero ¿qué podemos hacer? No somos nada, mira qué olas. – Ayleen sujetaba a su hermana por el brazo tratando de pensar lo más rápido posible.

-¡Ayleen, siempre estás igual! Por un día actúa sin pararte a pensar. – La discusión se hacía más y más personal a medida que sus voces se alzaban, mientras bajo ellas, el mar luchaba por tragarse la vida de Brais. Linnette se movió bruscamente liberándose de la mano de su hermana. – ¡No hay tiempo que perder!

Linnette miró hacia abajo tratando de calcular la trayectoria que la dejara más lejos del fondo de piedra, siguió un sendero que zigzagueaba a lo largo de todo el acantilado y cuando encontró el punto más adecuado se paró en seco y miró a su hermana.

-Te quiero. – Y sin pestañear, miró al frente y cogiendo carrerilla saltó lo más lejos que pudo.

-¡¡Linn!! – Ayleen se debatía entre seguirla o ir a avisar a sus padres, pero por una vez siguió el consejo de su hermana pequeña y dejó de pensar.

Soltó un suspiro y con solo un susurro pronunció las palabras que les enseñó Moira para llamar a la naturaleza y al viento, conteniendo el llanto se arrodilló y agarró un puñado de hierba mientras pedía ayuda a la tierra desesperadamente. En unos segundos, que se hicieron eternos, Ayleen se dio cuenta de que Linnette ya debería haber caído, pero la ausencia del sonido le hizo asomarse. Solo le dio tiempo de ver como su hermana caía más lentamente de lo esperado y se zambullía con cierta delicadeza en la oscuridad del mar. Su respiración se paró en seco esperando a que asomara la cabellera negra de su hermana y cuando por fin apareció entre las aguas, las lágrimas inundaron su mirada. El viento la azotaba con fuerza en lo alto del precipicio haciendo que las lágrimas viajaran por su rostro dibujando inciertos caminos de amargura e impotencia.

Linnette no había aterrizado muy lejos de Brais, a pesar de haber elegido un sitio bastante alejado para saltar. Apenas los separaban dos metros, pero la batalla contra el mar hacía que pareciesen un centenar. Por más que nadara hacia él, Linnette no avanzaba, la corriente tiraba de su cuerpo, las olas caían sobre ella, haciéndole tragar agua cada vez que emergía para coger grandes bocanadas de aire, el pelo se le pegaba a la cara ofreciendo una barrera más entre el aire y sus pulmones. Brais apenas conseguía sacar la cabeza a flote para seguir respirando, sus brazos se movían arriba y abajo, a los lados, agotando la poca fuerza que poseía. No había tregua, Brais estaba cada vez más lejos, las rocas cada vez más grandes y más cerca atormentaban a Linnette, y poco a poco el miedo fue ganando terreno, el miedo a ahogarse, a golpearse contra la roca gris del acantilado. El miedo a desaparecer.

Desde lo alto del precipicio Ayleen observaba como ambos perdían fuerzas y se desesperaban. Cada nueva ola retorcía el cuerpo de ambos como si se trataran de muñecos de trapo, quedando ocultos bajo la espuma blanca en cada estruendosa sacudida. El tamaño de cada ola era desmesurado en comparación con su altura, se revolvían luchando por salir a la superficie pero cada vez que el mar rompía contra ellos, se revolcaban perdiendo el sentido de la orientación y la constancia de qué era arriba y qué abajo.

Se dio cuenta de que la única opción era que actuase, salvarlos a los dos estaba en sus manos, ya que la lucha que se libraba bajo ella estaba totalmente desequilibrada. Ellas descendían del mar, así que algo debía poder hacer. Buscó en su memoria recuerdos de cuando Keiran le contaba historias sobre el lugar del que vino, cuando todavía creía en sus poderes y la magia de la naturaleza. Trató de dejar su mente en blanco, una melodía le vino a la mente primero y tras susurrarla para sí, encontró las palabras que encajaban en ella y cantó a pleno pulmón. El viento cambió de dirección bruscamente haciendo que Ayleen se tambalease en lo alto del acantilado, no obstante, continuó cantando y cerró los ojos buscando concentración, pues la visión de su hermana en apuros la bloqueaba.

Cuando Ayleen comenzó a cantar, Linnette se sumergió bajo el agua y sin saber que hacía entonó la misma melodía bajo el agua. Descubrió que mientras la cantaba no necesitaba salir a la superficie a coger aire. Buceó bajo el golpe de las olas, sin dejarse arrastrar, y entre la oscuridad y opacidad del mar vislumbró los pies de Brais que luchaban por no dejarse llevar. Tiró de sus pies con brusquedad en el momento en el que una nueva ola cargaba contra ellos, sin pensar en que él no podría aguantar la respiración tanto rato bajo el agua. Agarró el cuerpo del hombre, que le superaba en dos a su tamaño, aguantando bajo la corriente del mar y gritó con todas sus fuerzas mientras el aire que le quedaba se escapaba de sus pulmones. Poco a poco la corriente fue disminuyendo y las olas alrededor de Linnette y Brais se calmaron, dejándolos flotar sin rumbo.

Ayleen se acercó al final del sendero donde sabía que el terreno descendía en forma de escaleras naturales talladas en la roca. Bajó lo más rápido que pudo y sin poder esperar más, debido a su lento avance, cuando apenas quedaban dos metros de altura, se lanzó al agua. Alcanzó enseguida a Brais que estaba aturdido, respirando con dificultad; y más tarde a su hermana que flotaba bocabajo no muy lejos de él. Los agarró como pudo y con dificultad tiró de ellos hasta que llegaron a la superficie de roca donde acababan los peldaños naturales. Brais se sentó con la espalda apoyada en la pared y respirando trabajosamente mientras el corazón le latía incesante recodándole lo cerca que había estado de no salir de esa. Mientras, Ayleen subía con esfuerzo a su hermana a la piedra, entre jadeos por el esfuerzo y temblores debido a la baja temperatura de las aguas. La ropa, que se había quedado pegada a su cuerpo, dificultaba la tarea de subirla a la piedra y cogiéndola desde la espalda bajo sus axilas, la levantó con dificultad y la tumbó sobre la roca. Linnette no respiraba y sus labios estaban morados debido a la gélida temperatura de las aguas del mar. Ayleen se agachó sobre su hermana, recordaba a la perfección las indicaciones de Moira, aquel día prestó especial atención cuando su madre les dijo que aquello podría salvarles un día la vida.

Colocó la mano izquierda sobre la piedra gris y la derecha sobre el pecho de Linnette, aspiró una gran cantidad de aire profundamente y se agachó sobre el oído de su hermana para susurrarle. Brais estaba tras ellas, observando atónito y sin oír ni entender nada. El mar volvió a embravecerse y las nubes se arremolinaron mientras el viento sacudía hasta el más fuerte de los árboles. Cuando Linnette empezó a escupir el agua y a toser, a Brais se le abrieron los ojos como platos. Las hermanas se abrazaron con fuerza y en un momento dado el pescador se levantó horrorizado y subió escaleras arriba, creyéndose, al fin, que en la aldea había brujas.

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