Tócala otra vez

Os dejo con otro cuento, un relato más con el que he participado en letrasconarte. En esta ocasión, la temática debía ajustarse a algo realmente simple: un recuerdo. Simple a primera vista, porque, en ocasiones un recuerdo puede hacer que te compliques la vida, puede lograr que te desvíes de tu camino, incluso puede conseguir que te rindas. En otras ocasiones, es lo necesario para seguir intentándolo con todas las fuerzas que alberga tu ser…

Espero que os guste.


Tócala otra vez…

                Dicen que el ser humano es un animal de costumbres, yo no lo negaré. Cada domingo llevo a cabo el mismo ritual: me siento ante el piano, rebusco entre las partituras y tras interpretar la sonata de Beethoven en sol mayor, cierro los ojos. Es en ese instante, con la melodía todavía zumbando en mis oídos, cuando puedo sonreír.

                Mis manos descansan sobre el teclado. En mi cabeza, esas manos son más pequeñas, más suaves que ahora; pero disfrutan de igual manera de la carrera sobre las teclas blancas y negras. Puedo sentir la trenza que llevaba, hará quince años, haciéndome cosquillas entre los omóplatos. La falda del uniforme, la camisa arrugada y los calcetines hasta las rodillas.

                El sonido del último acorde permanece en la atmósfera, llevándome a ese instante feliz. La luz se cuela entre mis párpados y adquiere un tono anaranjado; si giro la cabeza, imagino los muebles que había en aquella época como si se tratase de una foto en sepia. Todo está como entonces.

                Me fijo en el sonido de mi respiración y diría que percibo otra respiración ajena, pese a saber que estoy sola en la habitación. Un olor familiar inunda mis fosas nasales, es jazmín. Entonces puedo incluso sentir su presencia. No se trata de un fantasma, solo de mi ritual, que me lleva junto a ella. El recuerdo en mi cabeza cobra intensidad y la veo sentada junto a mí, con su pelo cano recogido en un moño, toda su atención puesta en mis manos. Sus ojos brillan y piden una canción más, o puede que repetir esa: su favorita.

                Comienzo a tocar con los ojos cerrados, la sonrisa de mi abuela se despide de mí y solo cuando fallo en la melodía, abro los ojos. Los muebles están cubiertos por sábanas viejas y el polvo gira en torbellinos iluminados por el sol de media tarde. Acaricio el piano donde estudié mis primeras lecciones, temiendo el momento en el que lo pongan en venta junto con el resto de sus pertenencias. Me despido de ella y siento pena por haberme alejado de ese momento, de esa inocencia de la juventud cuando crees que no echarás en falta a nadie.

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