Todo lo perdido

Hoy rescato un relato de hace siete años. Una escritura un poco más caótica, que ya es decir… Con lo desastre que soy, pues en 2009 lo era aún más XD Un pequeño texto cargado de emociones. Otro cuento que plasma la desesperación, el enfado con el paso del tiempo y la pasividad propia de los humanos. Un relato que podría ser autobiográfico de no ser porque yo nunca he puesto por escrito mis “composiciones”, muy a mi pesar… Espero que os guste o que, al menos, os transmita algo de esa angustia que vive la protagonista. Un abrazo y gracias por leer, comentar o compartir… 🙂


          De pronto abrió los ojos con brusquedad, algo la sobresaltó. Las teclas estaban empapadas y una partitura se deslizaba suavemente hasta el suelo, envuelta en la corriente matutina. Sus manos reposaban sobre el teclado y la espalda encorvada buscaba el apoyo de otro tiempo. Buscaba a tientas el reloj, con la mirada nublada, apagada. ¿Cuánto tiempo había pasado? No el suficiente. El dolor seguía allí. El brazo izquierdo le molestaba, entumecido, único resultado de las semanas sin practicar. La ira se apelotonó en algún rincón de su menudo cuerpo. Llegó el grito que se fundió en un instante con el sonido de las hojas cayendo, el taburete dio a parar con el suelo, con tal rapidez, que no tuvo más remedio que dejarse caer sobre la alfombra. A punto de rendirse buscó con inquietud una carpeta, aquella que podía devolverle, en parte, todo lo perdido. Todo menos el tiempo, todo menos las horas frente al piano. Sus dedos volaban ahora sobre papeles, la ironía le hacía suspirar. Las palabras se agolpaban en sus labios, susurros enloquecidos de palabras de antaño. “No dejes de tocar.” “Nunca. Jamás lo haré.” Reproches seguidos de autocompasión. El frío de la mediocridad la envolvía entonces. El silencio declaraba en su testimonio la esencia del problema: el propio silencio. No había lugar para el llanto y sin embargo, los folios mostraban pentagramas arrugados, con la precisión circular de grandes gotas saladas. El suelo mostraba el desorden propio de un gran artista, mas no había ni rastro del artista. Quizás en otra vida, pero no aquí, no ahora. Se sentía inútil, una marioneta tratando de hacer bien el papel en el escenario equivocado. Bien sabía ella que aquello no era su futuro, una broma pesada su propia elección. Queriendo vivir de la música sin entregar nada a cambio. Pretendiendo, sin esfuerzo, una recompensa fuera de su alcance. Necesitaba la carpeta, volver a creer. O simplemente volver a sentir la verdad absoluta que la envolvía aquellas tardes en las que la melodía fluía desde su interior, sin apenas darse cuenta. Sin miedo. La seguridad de unos dedos que bailaban sin barreras emocionales. Deshacerse de la congoja tras interpretar, como es debido, una obra de Mendelssohn. Encontrar el camino, los acordes que sus propias manos idearon en un intento de liberar el huracán interno. Sin duda, necesitaba la carpeta.

          Pasaban las horas, los libros se amontonaban junto al baúl carcomido, como su propio espíritu. Revisaba una y otra vez las cajas vacías sin éxito. La desesperación aumentaba a medida que se reducían los sitios en los que buscar. Alzó la mirada con la esperanza pendiendo de un hilo, bajo uno de los focos del techo, sobre la última balda, una caja negra buscaba su atención. “Por favor…”, sus labios se movían solos. Sin pensarlo más se levantó, sentía las piernas doloridas de estar arrodillada demasiado tiempo. Agarró la parte lateral de la estantería y apoyó un pie sobre la primera balda vacía, volcó todo su peso sobre él y la estructura se tambaleó. Alzando la mano tiró de un asa plateada mientras con el otro brazo cubría la fragilidad de su cabeza. Un estruendo alivió el silencio que atormentaba a sus oídos. Papeles, cuadernos y finísimas carpetas desparramadas sobre el suelo, respirando por fin libres, después de una eternidad en el olvido. Retiró todo lo menos importante y la encontró, rozó con la yema de sus dedos la etiqueta que databa aquella carpeta, “1998”. Una lágrima acertó sobre su mano, que se precipitó sobre las gomas, dispuesta a descubrir un ápice de ilusión. Descartó el primer montón y encontró los folios que buscaba, sujetos con un clip amarillo chillón. Las partituras se veían amarillentas y en el encabezado un titulo sin la menor importancia, seguido de un paréntesis de aclaración que afirmaba “mi primera composición”. Un suspiro liberó la tensión acumulada, los dedos palpaban incrédulos el dibujo oscilante de la melodía, y sin hacerse esperar más, un escalofrío de fe recorrió su cuerpo tembloroso, devolviéndole, en parte, todo lo perdido.

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