Alanna continúa luchando en El clan de la Tormenta

Lo prometido es deuda. Os pedí que votarais por el personaje del que queríais conocer el comienzo del segundo libro… así que aquí os traigo el primer capítulo en el que aparece Alanna en El clan de la Tormenta. Debo avisar que este texto no es el definitivo, todavía me falta la fase de corrección y es posible que algunas cosas cambien… Pero, os podéis hacer una idea de la situación de la joven más dura de la trilogía 😉 Espero que os guste. Y si os apetece comentar… ¡estaré encantada de leer vuestra opinión!

¡Por cierto! Si aún no has leído El clan de la piedra, no continúes leyendo. Te harás varios spoilers de una historia que seguro que te engancha y con la que disfrutarás. 😉 Haz clic  aquí para hacerte con el primer libro 😀


Alanna abrió los ojos ante la claridad de la mañana. Su cuerpo se sentía pesado, las sábanas se pegaban a cada trozo de piel y la cabeza le dolía con cada palpitar, como recuerdo de un dolor intenso que había estado ahí antes. Con delicadeza se incorporó y todavía desorientada, trató de recordar dónde se encontraba y qué día era. Se levantó de la cama y se encaminó hacia la ventana, mientras los recuerdos de la cena con Sedrick en el gran salón se abrían paso en su memoria: la arrogancia del hombre y su sonrisa al asegurarle que el encargado de repartir el regalo de la Dama del Agua había sido asesinado por orden suya; la locura que se había apoderado de ella después, desatando toda la energía que guardaba su ser y rompiendo en mil pedazos los platos y bandejas que descansaban sobre la mesa.

Abrió la ventana y dejó paso a un aire frío que probablemente venía del norte y sintió cómo su cabeza se despejaba. Repasó mentalmente el rostro de sus padres, el de sus hermanos, y acto seguido, la sonrisa de Aner apareció ante ella: con una de sus muecas habituales y el brillo en los ojos que tanto le gustaban a ella. Suspiró sonoramente y tuvo que reprimir el instinto de dejarse caer sobre el suelo. Se habría quedado allí, tirada sobre la piedra del castillo sin importarle nada, sin esforzarse siquiera en respirar.

El horizonte aparecía cargado de nubes, pero no llovía, sólo el viento se manifestaba en los árboles que serpenteaban junto a los ríos y los caminos que ella alcanzaba a ver. Aquel pensamiento la llevó a preguntarse qué ocurriría ahora con la alianza que había comenzado a formar. Pese a que Aner y ella habían empezado juntos en toda aquella historia del agua, sabía que había muchas más personas implicadas. Por no mencionar a Venk, el soldado de la guardia que había solicitado unirse a ella. Sin Aner para organizar la distribución de los cubos y ponerle al día sobre las alianzas logradas, supuso que tendría que buscar a alguien que lo sustituyera. No le cabía la menor duda de que Aner sería imposible de sustituir, pero le debía a él continuar con aquella tarea. Si había muerto por su causa, ella no debía abandonarla sin haber logrado el objetivo esperado: conseguir un ejército de personas en contra del manco.

Rememoró las palabras de Sedrick haciendo mención a la muerte de su mejor amigo, un muerto más, había dicho. Sin imaginar que aquellas simples palabras abrirían un agujero en lo más profundo de su ser, sin pensar en que aquellas palabras la harían enfurecer y más tarde enfermar, sin sospechar que tan pocas palabras lograrían que Alanna odiara a Sedrick por el resto de su vida.

Un ruido en la puerta la sacó de sus pensamientos, más negros a cada minuto que pasaba, y se obligó a volver a la cama. Se sentó al pie de la misma y esperó a que la puerta se abriera mientras se ponía una bata sobre los hombros. Una mujer elegante, de largas piernas y melena oscura entró en la habitación, su cara compuso una mueca de sorpresa al verla y se acercó a paso veloz hacia ella.

-Querida, por fín te has levantado. Nos tenías a todos muy preocupados―Alanna la miró sin comprender, tenía la sensación de llevar días en cama, pero no recordaba haber visto a aquella mujer antes―. Perdona, no me he presentado. Mi nombre es Malvina, estoy aquí para ayudarte en todo lo que pueda. Me han contado que enfermaste después de un ataque de nervios y tal vez pueda ayudarte con eso.

-¿Un ataque de nervios? ―Alanna se sintió confusa ante la nueva información.

-En el Gran Salón, la noche de la cena con el Señor. Al parecer rompiste toda la vajilla que había a la vista y después, al llegar a la habitación rompiste los espejos y todos los objetos de cristal. Has pasado varios días con fiebre y supongo que un gran malestar.

-Yo no lo llamaría un ataque de nervios —Alanna se paró a pensar en lo que Malvina acababa de decir. Tal y como lo había expresado, parecía que le había dado una rabieta, como a las niñas consentidas, y había roto todo aquello con sus propias manos. Pero ella lo recordaba, y no habían sido sus manos las que habían conseguido hacer añicos tal cantidad de platos, copas y bandejas.

-Lo sé. No puedo imaginar qué originó lo que te pasó esa noche. Pero me han contado que no fue algo habitual―la mujer se quedó mirándola, tratando de medir sus conocimientos, tal vez―. No debes temer hablar de lo que eres conmigo. Yo misma pertenezco a un clan muy poderoso. También tengo la capacidad de hacer algunas cosas―Alanna aguardó pensativa. Con Mona desaparecida y Aner muerto, no contaba con nadie amigable en el castillo. Ahora tendría que vérselas con Malvina, quien parecía una señora desagradable y poderosa. Tragó saliva para decir algo, pero se sintió incapaz de contestar―. Sedrick me ha enviado para que te ayude a discernir los límites de tu poder, controlar esos momentos en los que al parecer la ira deja escapar tu potencial, con unos resultados pésimos. Aprenderás a canalizar la magia que corre por tus venas, no te preocupes―. Malvina puso su mano sobre las manos unidas de Alanna y la miró con ternura, pero Alanna seguía sin fiarse de ella―. Te dejaré sola para que te asees, empezaremos esta misma semana con el entrenamiento.

Con movimientos enérgicos, Malvina se levantó de la cama, cerró las hojas de la ventana, movimiento que hizo recordar a Alanna la manía de Mona provocando en ella la primera sonrisa, para después desaparecer tras la puerta. Alanna suspiró una vez más y se dejó caer sobre la cama. Su vida en el Castillo de Lumine parecía siempre un ir y venir de personas y emociones. Cuando empezaba a confiar en poder hacer algo, alguien moría y ella se encontraba de nuevo desamparada. Si bien su situación iba mejorando poco a poco, ya que no olvidaba que el principio de su encierro había sido muy diferente, confinada en una torre fría y sucia.

Sus pensamientos fueron vagando de una cosa sin importancia a otra, hasta que los recuerdos más dolorosos fueron abriéndose paso: la muerte de Astrid en el Salón, la noticia de la muerte del hijo de Mona, la de Aner… Amargas lágrimas comenzaron a resbalar por su mejilla mientras se sentía perdida, sola en una situación de la que jamás lograría escapar. Ya no tenía siquiera la distracción de la conspiración contra el manco, pese a tener a un nuevo soldado que la ayudaría en todo lo relacionado con los cubos de agua, ya no podría idear ningún plan junto a su amigo. Se sintió letal, cada persona que la había intentado ayudar había acabado emitiendo su último suspiro. La culpabilidad removió sus entrañas y no pudo hacer más que encogerse, convirtiéndose en un ovillo de amargura, piernas y brazos.

Pasó los minutos así, hasta que el dolor secó sus lágrimas en las mejillas, todavía inmóvil y sin fuerzas para afrontar un nuevo día. Emitía el enésimo suspiro cuando alguien llamó a la puerta con un toque familiar. Alzó la voz lo necesario para que se escuchara al otro lado de la puerta: adelante. Giró su cuerpo sobre la cama para ver de quién se trataba, pero no pudo evitar cerrar los ojos ante el agotamiento. Alcanzó a oír el característico chirrido de la puerta al abrirse y algunos pasos que cruzaban la habitación, lo siguió el ruido familiar del agua llenando la bañera del fondo de la habitación. Decidió recurrir a la tortura por última vez y recordar el rostro de Aner cuando llamaba a su puerta y aparecía con cuatro cubos vacíos y una sonrisa, cuando pasaban el rato en que ella debía asearse hablando de las familias que se unían a la Dama del Agua y planeando el siguiente movimiento. El ruido del agua cesó y volvió a escuchar unos pasos, pero esta vez se acercaban a ella, que continuaba hecha un ovillo y con los ojos cerrados. Se obligó a abrirlos y a encarar la realidad. Distinguió una mueca de preocupación en el rostro que se inclinaba sobre ella y la sorpresa la despertó del todo

-¡Aner! ―Se lanzó al cuello del muchacho sin dudarlo y lo abrazó con la fuerza que pensaba haber perdido

-Alanna―a punto de ser asfixiado, Aner la separó un poco de sí y la miró a los ojos―, ¿te encuentras bien?

-Ahora de maravilla―Sin pararse a pensar ni un segundo se lanzó sobre él para estrecharlo entre sus brazos y a punto estuvo de besarle en los labios. La cara de perplejidad del muchacho le hizo soltar una carcajada. ―. ¡Pensaba que habías muerto! ―volvió a abrazarlo y esta vez se sintió correspondida. Al poco, notó que los brazos de él la separaban de su cuerpo y trató de volver a engancharse a él, pero la detuvo.

-Dame un segundo―Aner caminó hacia la puerta, asomó la cabeza durante medio minuto y la cerró con una llave que le habían tendido desde fuera. Volvió junto a Alanna y le invitó a que se sentara junto a él―. Tenemos mucho de lo que hablar―tomó la mano de Alanna y la apretó entre las suyas―, el soldado que guarda la puerta es de mi confianza, podemos hablar con tranquilidad―ella asintió con una sonrisa y reprimió el impulso de volver a abrazarlo, trató de serenarse y decidió levantarse. Caminó hacia la ventana y la volvió a abrir de par en par, dejando entrar al aire fresco que revolvió su melena―. Lo primero que quiero saber es cómo te encuentras. Me han ordenado no traerte los cubos durante dos semanas, estaba muy preocupado.

-¡Dos semanas! ―Alanna no pudo contener la sorpresa. Aner asintió desde su lugar sobre la cama―. Tuve una cena con el manco―Alanna recordó la conversación que la había hecho enfermar y se volvió hacia él, se sentó a su lado y trató de ordenar sus pensamientos, sin embargo, las ideas fluían en el caos en el que se sumía su interior―, me dijo que había solucionado el asunto de la Dama del Agua, mi corazón estuvo a punto de detenerse al escucharle pronunciar el nombre, después dijo que había sido simplemente un muerto más. Inmediatamente asocié aquella muerte contigo y enloquecí… ―sintió el alivio de verle vivo ante ella, pero la culpabilidad la azotó de nuevo―. Pero aunque no fueras tú, eso significa que un aliado nuestro sí murió.

-Sí―Aner bajó la cabeza y trató de ocultar la pena que intuía se reflejaría en su rostro―. Dos hermanos se encargaban de sacar los cubos del castillo por un pasadizo abandonado, había un tramo peligroso donde podían ser vistos, debían atravesar la muralla interior y llegar a los jardines… Al parecer, los guardias cogieron al pequeño de los dos, pero su hermano mayor, al darse cuenta, se abalanzó sobre los dos guardias. El niño consiguió escapar. El mayor… ya lo sabes―Alanna se llevó las manos a la boca y emitió un sonido estrangulado―. Me siento tan culpable… ―Aner suspiró cabizbajo y con los hombros hundidos. La joven comprendió cómo debía sentirse, al fin y al cabo, él era el encargado de organizar cada movimiento, entendió el gran peso que recaía sobre sus hombros y no supo cómo reconfortarle.

-Aner, no es tu culpa―lo volvió a abrazar, esta vez con suavidad―, sabes que sólo hay un culpable en todo lo que está pasando. El maldito Sedrick… ―Alanna pronunció su nombre cargada de odio y Aner colocó la mano sobre su boca para evitar que continuara.

-No quiero verte furiosa, hoy no―se quedaron en silencio hasta que Aner volvió a preguntar―. Entonces, ¿estás mejor? ―ella se limitó a asentir y una sonrisa tímida se abrió paso desde lo más profundo de su memoria.

-Entonces, todos estos días, nadie ha recibido el agua…

-Los primeros días no supe qué hacer, pero al cuarto día reaccioné. Me di cuenta de que los hombres de las galerías subterráneas no saben nada de quién me da las órdenes, si aparezco, me tienden el agua y no hacen preguntas. Puse de nuevo en marcha el operativo. Pero esta vez no he permitido que ningún niño se encargue de las tareas―Alanna asintió ante la nueva decisión―. Ellos se presentaron voluntarios, y como corrían mucho, no me opuse… Pero jamás debí permitirles formar parte de esto ―Alanna puso un dedo sobre su boca imitando su gesto anterior.

-No quiero verte triste―Aner la miró y le devolvió una sonrisa que se quedó en los labios. Alanna comenzó a pensar en qué podría decirle para cambiar su estado de ánimo, pero no fue necesario.

-Así que, ¿enloqueciste al pensar que había sido asesinado? ―el muchacho la miró burlón y con una sonrisa de suficiencia en los labios. Ella enrojeció y, bajando la mirada, asintió tímidamente―. ¿Cómo pudo ocurrir tal cosa? ― Aner rió por lo bajo ante la reacción de la chica, pero ella se dio cuenta de que hacía media hora estaba llorando y lamentándose porque jamás podría volver a ver al muchacho que tenía junto a ella. En ese instante, Alanna descubrió que el joven que tenía en frente hacía tiempo que se había convertido en mucho más que un aliado. No pudo evitar sonreír al pensar que no podía existir peor lugar ni momento para enamorarse por primera vez. Levantó la cabeza y lo miró en silencio, sentado junto a ella, con una sonrisa que iluminaría las más oscura habitación. Quiso admitirlo, declararle sus sentimientos, pero un remolino parecía haberse hecho con sus entrañas. Se levantó, queriendo huir de tan extraña sensación. Se apartó y volvió a mirarlo desde la distancia. Se encogió de hombros y volvió a mirar por la ventana, temiendo mostrar de otro modo el nerviosismo que sentía.

-Creo que yo también enloquecería si te ocurriera algo, Alanna―la muchacha pegó un respingo donde se encontraba, no tuvo el valor de girarse para encararse con el joven y solo acertó a escuchar la puerta que se cerraba dejándola una vez más en la más absoluta soledad.

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