Medidas desesperadas

            La mujer mantenía las manos en el piano disfrutando del último acorde, cuando los golpes en la puerta de entrada la sacaron de su estado hipnótico. Los gritos de una vecina resonaron al otro lado de la puerta: histérica, entonaba un cántico tétrico en su intento por ahuyentar al espíritu que, aseguraba, habitaba aquel espacio. Ella seguía sentada al piano. Acarició el instrumento con el que había aprendido sus primeras lecciones y observó las líneas libres de polvo que dejaban sus dedos. Cuando escuchó una voz más profunda en la escalera amenazando con avisar a la policía, supo que era el momento para salir. Tomó la partitura de Beethoven, la preferida de su abuela cuando aún vivía ahí y la guardó en su bolso. Sin hacer ruido, cerró la tapa del piano y depositó un beso sobre ella. Echó un último vistazo a la estancia donde los muebles pervivían bajo sábanas y regresó a la ventana rota: comprobó que nadie estuviera colgando la ropa en el patio y sacó las piernas por ella. Llegaría el día en el que le dieran la hipoteca. Hasta entonces, mientras fuera capaz de trepar, continuaría alimentando los rumores.

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