Un regalo para toda la vida

         Tardé varios años en darme cuenta de que poseía el libro que cambiaría mi vida. Me lo regaló mi abuelo por mi décimo cumpleaños. El hombre hacía tiempo que sufría demencia senil y yo, por aquel entonces, era la encarnación de la inocencia. En aquella época no supe apreciarlo. Es algo que ocurre en ocasiones con los grandes libros, con las historias más geniales: si no llegan en el momento adecuado a tu vida pueden pasar desapercibidos o, incluso, generar cierta enemistad con la lectura. Así fue con el obsequio de mi abuelo, que en aquellos años no obtuvo más que indiferencia por mi parte. Sin embargo, aún recuerdo el intenso verde de sus tapas de cuero y el olor que despedían sus hojas. Olía a viejo. No dudé en decírselo al abuelo mientras arrugaba la nariz. Él rió por toda respuesta. Llegado mi decimoctavo cumpleaños, mi madre, cansada de ver el libro acumulando polvo en la estantería, me regaló un bolígrafo. Uno nada corriente, verde también, a juego con la cubierta ya descolorida. En esa ocasión abrí las tapas con curiosidad para descubrir las hojas en blanco que protegían. Fue entonces cuando las palabras del abuelo cobraron significado. La mejor de las historias, la que aún está por contar. De golpe decidí empezar a escribir. Tarea que no he abandonado en treinta años y que tanto me ha dado. El libro, lástima, se perdió en la última mudanza. Del abuelo me queda la sensación que causó en mi su mirada pícara de aquel día y el vago recuerdo de que nunca supo escribir.

2 comentarios en “Un regalo para toda la vida

  1. Masel

    Me ha parecido un relato tierno a su manera, aunque también me ha hecho pensar que que nieto más desagradecido…ya que ni si quiera se dignó a abrir el libro nada más recibirlo, pasó de él absolutamente. Yo lo habría abierto aunque sólo fuera por curiosidad y hacer correr las páginas con el pulgar!

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    1. Pues sí… pero todos hemos pasado por una mala época y hemos sido desagradecidos, ¿no crees? Hay mucho por debajo de este relato 😉
      Tal vez él se arrepiente de no haber valorado, no solo el regalo de su abuelo, sino también su presencia.
      Muchas gracias por tu comentario.
      ¡Un abrazo!

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