Este 2026 ha empezado con un claro propósito… Terminar El clan del arrecife, el tercer libro y final de la historia de Linnete y compañía. Este año se cumplirán diez años desde la publicación de mi primera novela, El clan de la piedra, y no es mi intención seguir los pasos de cierto escritor que ha dejado una trilogía inconclusa (¡cómo si pudiera compararme con su exitazo!).
Una de las acciones que me ayudaron a conseguir aquel primer hito fue comenzar este blog. Ocurrieron las dos cosas a la vez y la energía que recuerdo de aquella época era arrolladora. Como si se tratara de un ritual que me encaminará a conseguir este objetivo, le he dado un lavado de cara al blog y me presento con la firme idea de volver a escribir en él.
La vida ha cambiado mucho, muchísimo, en estos diez años, pero me encuentro en un momento de querer recuperar esas pequeñas cosas que siento que me pertenecían. Cosas que forman parte de quién soy, aunque las tenga algo olvidadas.
Y hoy recupero un texto que escribí hace ya algún tiempo, pero considero que plasma muy bien mi sentir. Con la promesa de volver con palabras renovadas e historias fantásticas, reales y, en ocasiones, muy personales.

Escritora
Yo solía escribir. Antes de que esta rutina extraña me consumiera con su paso incansable de horas, días, semanas… Antes de tener tantas cosas que hacer que no me dejan más que la espalda dolorida y el alma tristona.
Empezaba a sentirme cómoda llamándome a mi misma escritora, solo con mi voz interior, en la mayor intimidad. A los demás sólo les decía, escribo. Acción presente. Ahora no sé si puedo llamarme escritora siquiera en la más absoluta intimidad.
Lo echo de menos. A pesar de que me pueden decir que escribo a diario. La lista de la compra, las tareas para los alumnos, la lista de tareas pendientes, los trabajos de la UNED… Eso no es escribir. No como yo lo entiendo.
Para mi ser escritora era algo diferente a vender libros, al menos en esa definición interna mía. Porque vender, nunca llegué a vender demasiado. Ser escritora era poder desenvolverme en la magia que se expande con palabras que en realidad no me pertenecen. Con historias ajenas que imaginaba. Ser escritora era estar a gusto soñando despierta y plasmando todo ese imaginario en el papel, también ficticio, de mi ordenador.
Me presentaba a concursos. Con esa ilusión de ser descubierta. Como tantas veces cantando en bares rodeada de cerveza y amigos.
Terminaba novelas. Con esos pasajes complicados, en los que sabes que algo no encaja, pero no sabes cómo arreglarlo… Hasta que lo arreglas.
Escribia en mi blog. Uno que empecé en un trabajo de otra vida, donde era becaria y las horas pasaban en una nebulosa tan tediosa que me atreví a dar el paso.
Escribía un diario. El lugar perfecto donde llorar mis esperanzas imposibles. Mis sueños más luminosos. Los momentos de mayor incomprensión.
Caminaba por la calle imaginando escenas, un capítulo tras otro. Me saludaban y yo contestaba con un gesto y una sonrisa. La mirada perdida.
Gozaba de esa felicidad de quien no sabe que la tiene.
Y el sueño se quemó en un limbo de quien espera y desespera. Descubrí otro lado mío, una arista más de las mil que me componen. Todo un plano infinito, lleno de oportunidades. Me descubrí como nunca imaginé q haría, independiente, valiente, fuerte. Dando un paso al frente por mantener esas tres cualidades. Por mucho que cueste. Por duro que sea. Dejé escapar otro sueño, uno que me era ajeno, esa parte que nunca llegó a encajar conmigo. Se sintió como una liberación.
Y cuando creo que no soy nada, tengo que hacer un esfuerzo y recordarme todo lo que soy. Mujer, hija, amiga, pareja, profesora, ama de casa, cantante, compositora, estudiante de educación social. Y sí, hubo un día en que también fui escritora, en mi fuero interno lo fui. Y ese sueño arde en unas cenizas que no se apagan, deseando resurgir.
(noviembre del 2022)
Ibone





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