El clan de la piedra, primer capítulo

¿Todavía no has leído El clan de la piedra? ¿Despierta curiosidad en ti, pero no sabes si te va a gustar?  A continuación te dejo una parte del primer capítulo para que puedas decidir si merece la pena internarse entre los bosques de Elladamn. 😉


       «Cuando la angustia nubla tu mente, el tiempo avanza más despacio». Si bien era algo que Linnette nunca había entendido, ya que el tiempo y los días son lo que son, aquello se convirtió de golpe en algo tangible para ella. Lo había leído por primera vez en uno de los libros de la tía de la abuela de su madre, y más tarde en la mayoría de los relatos e historias que esta había escrito. Siempre había encontrado fascinante y extraño lo que aquella mujer, parte de su familia, había escrito tantos años atrás, la forma en que repetía un sinfín de veces conceptos que al parecer la atormentaban. La soledad, el miedo al más allá y a la muerte, la incomprensión de algunas personas hacia su familia, una familia que si bien de puertas afuera lucía como cualquier otra de la comarca, guardaba un jugoso secreto. Siempre la había tomado por loca, no obstante, ahora algunas de esas palabras cobraban verdadero sentido y las podía identificar con lo que experimentaba en su propia piel.

       Habían pasado solo dos días desde que Ayleen, su querida hermana mayor, desapareciera sin dejar rastro, y por muchas cosas que intentaran, no daban con su paradero. Después de buscarla en casa de Liam, donde pasaba la mayor parte del tiempo los últimos días, y descubrir con horror que hacía horas que nadie sabía de ella, salió corriendo a buscarla por todos los sitios a los que solían escaparse juntas. Pilló por sorpresa al mejor amigo de sus padres, que intentó correr tras ella, pero con la oscuridad de la noche no logró discernir la dirección en la que salía disparada y así se libró de él, quien se había ofrecido a ayudar en la búsqueda aquella fatídica noche. Miró en el principio del bosque, donde su madre las guio a través de los árboles siguiendo al viento por primera vez; llegó hasta el claro del roble, donde comenzaron sus lecciones sobre la naturaleza y su poder, allí gritó su nombre, pero la única respuesta fue la del viento azotando las ramas; siguió el camino que tomaron la vez que rescataron a un vecino de la aldea de la fiereza de las aguas de vuelta hacia el acantilado. Pero era inútil, sabía que no se encontraba allí, ella había pasado las horas acurrucada en ese mismo lugar, tratando de olvidar la pelea y las duras palabras que le había dicho su hermana apenas horas antes. Al volver a casa la cara risueña de Linnette se vio sustituida por una máscara amarga de incredulidad y durante dos días, sumida en el silencio más absoluto, observó cómo sus familiares y amigos hacían las preguntas equivocadas, preguntándole si se encontraba bien, si le había pasado algo a ella cuando había salido a buscar a su hermana en la profundidad de la noche.

       —¡No! —La voz salió rasgada. Con el grito, Linnette agarró un libro que tenía a mano, el mismo que había estado consultando apenas unos minutos atrás, para lanzarlo ahora contra la pared, olvidando por completo el cuidado con el que solía tratarlos. Tas varios días de búsqueda infructuosa en casi todos los libros de la biblioteca familiar, la tensión acumulada explotó de golpe—. ¡No lo entendéis!, ninguno de vosotros lo entiende. —La desesperación cambió su voz al mismo tiempo que hacía que sus rodillas se doblaran y sus piernas cayeran sobre el suelo de madera—. Desde que recuerdo, Ayleen ha sido parte de mí. Hemos aprendido conjuros juntas, nos hemos apoyado en todo, ¡aprendimos a leernos la mente! —Sus ojos se abrían con fuerza e incredulidad—. Aprendimos a ignorar el miedo que nos provocaba la oscuridad caminando de la mano. Yo era su pequeño amuleto contra el aburrimiento, me lo dijo en alguna ocasión. Y ella… —Una lágrima rodó por la mejilla de la chica precipitadamente, mientras los demás allí reunidos observaban perplejos la escena de vulnerabilidad que mostraba por primera vez, acostumbrados a una Linnette fuerte y dura—. Ella me completa, me hace ser mejor, y siempre pensé que si le pasara algo yo lo notaría. Que mi corazón me delataría el peligro que pudiera correr, mi mente despertaría alerta. —El cuerpo pequeño de Linnette fue escurriéndose hasta acabar hecho un ovillo sobre la alfombra de lana de la habitación—. Pero no pasó nada. No noté su ausencia, que ahora me paraliza. No percibí su miedo al peligro y no, no puedo encontrarla donde quiera que esté en este momento.

       Las lágrimas empezaron a desbordarse sin tregua tanto por el rostro de Linnette como por el de Moira, que se sentía identificada ante las palabras de desolación de aquella, ya que por mucho que lo intentara, no había forma de encontrar a su hija mayor; tampoco la sentía, y se negaba a achacar esa falta de presencia a la pérdida de una de las vidas más preciadas para ella. El silencio era rotundo. Linnette yacía en el suelo deshaciéndose en llanto; Liam estaba recostado sobre la pared, sintiendo que de no ser por ese apoyo se desplomaría de igual modo sobre el suelo; Moira, paralizada. Keiran se levantó entonces de su silla en el fondo de la sala y con sumo cuidado recogió a su pequeña del suelo llevándola en volandas hasta su habitación, depositándola por error, y sin percatarse, en la cama de su hermana mayor.

       Cuando Linnette se despertó a la mañana siguiente de su ataque de rabia se sintió como si despertara de una larga y terrible pesadilla, hasta que reconoció que la pesadilla no era tal, era la cruda realidad la que había convertido su sueño en un estado de tensión en el que apenas había podido descansar. Se levantó con pesadez estirando los brazos por encima de la cabeza, que se había convertido en una maraña de cabello castaño, y dejó escapar un suspiro retenido por largas horas al percatarse de que había dormido en la cama que reposaba frente a la suya. Cuando se encaminó a la estancia principal de su casa le extrañó encontrarse con sus padres sentados a la mesa. Ocupaban dos de las cuatro sillas que rodeaban a la mesa de madera oscura, donde siempre cenaban los cuatro juntos.

       —Buenos días, Linnette. —Moira oyó sus pasos y sin girar la cabeza, que se centraba en la de su marido, le ofreció una de las tazas que humeaba sobre la mesa—. ¿Has podido descansar?

       —Buenos… —Su voz sonaba aún adormilada—. Hola. —Al pasar junto a la silla en la que se sentaba siempre su hermana decidió que no serían buenos días hasta que la encontrara. Se sentó dejando caer todo su cuerpo en la silla—. ¿Has preparado infusión de melisa? Me voy a volver a dormir… —Sofocó una carcajada, ya que no tenía demasiado sentido tomar melisa por la mañana, siempre la tomaba cuando no conseguía conciliar el sueño. No obstante, sus padres seguían serios. —¿Qué pasa? Padre, ¿por qué no estás en el puerto esta mañana?

       —Hemos decidido dedicar la jornada de hoy a planear la búsqueda de tu hermana. —Moira hablaba pausadamente, Keiran las miraba con una expresión confusa en los ojos verdes—. Keiran, ¿entonces, podrás organizar un grupo con Aldair? —Él tan solo asintió y se levantó en silencio. Tomó su capa del perchero de la entrada y las dos oyeron en silencio cómo se marchaba a caballo tomando el camino que llevaba a la aldea. Su pequeña granja se encontraba en la ladera de uno de los montes que envolvían Elladamn, dejándolos lejos del bullicio de los habitantes del lugar y también a cierta distancia de un largo paseo. Moira se giró para mirar a su hija—. Te habrás dado cuenta. Últimamente tu padre no se encuentra en su mejor momento… —Linnette observó a su madre, la seriedad en el semblante no era algo habitual en ella. De actitud risueña, siempre tenía una sonrisa en la cara para los demás. Las veces que había visto aquella expresión tenía algún motivo por el que regañarla—. Me temo que la desaparición de Ayleen le ha afectado de un modo diferente que a nosotras. La melisa… —Moira tomó la taza entre sus manos, Linnette escuchaba atentamente. Hacía algunos años, Moira había decidido que tanto Ayleen como Linnette tenían edad suficiente para conocer las habilidades que les proporcionaba pertenecer al clan de la piedra. Desde tiempos inmemorables, su familia se había dedicado a la sanación. Gracias a los amplios conocimientos sobre plantas que se transmitían generación tras generación en los libros y a una energía especial que residía en ellas por naturaleza, su madre y su abuela se habían convertido en las sanadoras de toda la aldea y en ocasiones también de aldeas cercanas dentro de su comarca—. No es más que un intento de que esté tranquilo. Puedes prepararte otra cosa para el desayuno. —Moira tomó la mano de su hija, que reposaba cerca de la taza—. Ten paciencia y no te enfades si notas un comportamiento extraño por su parte. ¿Lo harás? —Una pequeña muestra de angustia afloró en la boca de su madre. Linnette se quedó en blanco y asintió.

       —Claro. Si necesitas que haga algo, yo… Solo dímelo.

       La chica se sentía confusa, su madre siempre había mostrado una fortaleza que idolatraba. Le maravillaba la forma en que siempre encontraba la solución a las afecciones de sus vecinos, aunque nunca se lo decía. Incluso cuando aquella primavera la aldea sufrió un terrible incendio, su madre mantuvo la calma los momentos en que los heridos se presentaron en la puerta de su casa, esperando alguna cura milagrosa. Aquello no había sido fácil, pero pronto se organizaron y, por primera vez, su madre había puesto a sus hijas, de apenas diecinueve y dieciséis años, al frente de algunas tareas que requerían mucha responsabilidad. El recuerdo de la noche en que se había desatado el fuego en la plaza de Elladamn se coló en la memoria de Linnette, pensando que de no haber sido por Ayleen y por ella, probablemente las consecuencias habrían sido mucho peores. Estaba convencida de que el fuego se había sofocado gracias a ellas y su especial sensibilidad hacia la naturaleza. Pensando en lo que había hecho su hermana se le ocurrió una idea; su hermana había pedido la dirección de Isghar, la aldea natal de su padre, al viento, provocando que el viento azotara con fuerza en dirección al suroeste, quedándose la plaza casi sin ninguna corriente de aire. Fue aquel momento el que los habitantes de Elladamn aprovecharon para sofocar el fuego, mientras las dos hermanas se abrazaban aterrorizadas. Su madre la dejó perdida en sus pensamientos. Acarició la cabeza de su hija se levantó y se encaminó a la cocina.

       —¿Cómo vamos a buscarla entonces?

       —Ahora te lo voy a contar. —A la vez que su voz, Moira apareció por la puerta de la cocina portando una bandeja con dulces de hojaldre, era lo que más le gustaba desayunar a Linnette. —Tenemos un plan.

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