El pasado fin de semana tuve la suerte de poder hacer una escapada con un sol radiante brillando en el cielo. (Esta frase puede parecer extraña, pero en Bilbao empezábamos a hacernos a la idea de que ya no lo volveríamos a ver en meses XD ). Estuve por Navarra, visité numerosos lugares y, lo que me lleva a escribir esta entrada, me dio para ibofilosofar un buen rato.
Llevo con una idea clara en la cabeza desde el domingo y dudaba sobre escribirla aquí. ¿Pero para qué tengo un blog si no puedo expresar lo que pasa por mi cabeza? Así que hoy toca entrada personal. Además, me estoy guardando las historias extrañas para un curso que empiezo en octubre (y muero de ganas por ponerme a ello) y para el próximo Nanowrimo, me parece que este año voy a poder aprovecharlo para concluir un proyecto que tengo entre manos desde hace tiempo.
Y ahora al lío. El pasado fin de semana, os decía, fue uno de esos en los que los paisajes idílicos abren mi mirada a algo más, el aire puro limpia mis pulmones (aunque no del todo, porque llevo con mi «catarro común» desde fiestas de Bilbao) y mi cabecita se pierde en pensamientos de lo más dispar. En esta ocasión, me mostraron algo negativo y de lo que quiero huir. En parte lo achaco a la sociedad en la que vivimos y a la que, en ocasiones, desearía poder renunciar. Es así, a veces soy un poco antisocial.
Esta inquietud o sensación de malestar inició cuando en verano decidí que quería visitar un sitio que no nombraré, por motivos que explico más adelante. Lugar precioso de agua turquesa del que todo el mundo habla maravillas. Seguro que fue un lugar precioso, hace una década, ahora, pese a que pueda parecer una exagerada, me pareció horrible. No os quedéis aquí, que tiene una explicación…
El primer punto negativo se lo di cuando, en junio decidí ir a visitarlo. Me advirtieron que debía hacer una «reserva» para poder pasear por allí. Primera alarma. ¿Desde cuándo hay que reservar para ir al monte o al río? Yo reservo para ir a un restaurante a cenar, para hacer alguna actividad con instructores, para un vuelo… ¡Qué se yo! Pero para ir al monte nunca había tenido que reservar. El caso es que yo cumplo las normas, aunque a veces no este de acuerdo con ellas, así que entré en la página web y vi que no podía ir, porque estaba reservado hasta tres semanas después de la fecha en la que se me había ocurrido hacer una excursión. ¡Tres semanas! Aquí sonó la segunda alarma, pero, yo seguí erre que erre, si todo el mundo elogia este paraje, habrá que verlo. Imagino que toda la gente que había reservado opinaba igual.
Llegó la fecha y con algo más de previsión, reservé para el pasado domingo. Había que llegar al aparcamiento antes de las 12:00 (el cual es de pago, por ver el monte no tienes que pagar, ¡sería el colmo! entonces ya si que no piso el dichoso lugar). Si no llegas antes de esa hora y no avisas de que no vas a poder acudir, te deniegan el acceso durante un año. ¡Un año sin poder ir! Otra alarma, ¿vamos por la tercera?
Llegamos al parking, aluciné con la cantidad de coches que había y con el dispositivo que tenían montado en el pueblo. Se nota que esto ocurre día tras día. Cogí la botella de agua y mi paquete de cleenex (mi catarro común lo exige) y nos pusimos en camino. Ahora es cuando viene la cuarta alarma y la epifanía que me ha llevado a escribir esto.
De pronto me descubro dentro de un rebaño de personas. Avanzamos por un camino delimitado por vayas de madera. Ahora no soy una persona, soy una ovejita que camina siguiendo a las demás. Después de una bajada sin dificultad alguna (tal vez la de que luego hay que subirla) llegamos a otra camino que nos lleva junto al famoso río. Se vislumbra entre los árboles ese turquesa característico que nos ha llevado a todos a reservar para hacer una excursión. Y poco a poco empieza a crecer mi desazón y una inquietud que estuvo a punto de hacerme gritar. Nos vamos parando en los sitios que el propio camino nos indica para hacer «la foto», veo a todas las familias con la última cámara del mercado: unos posando, los otros ajustando con los botones la luz o lo que demonios quiera que ajusten. Los niños saben posar. ¡Otra alarma más! El camino nos impide acercarnos al borde del río, solo en un punto podemos acercarnos y de haber tenido espacio entre la multitud, mojar los pies en sus aguas refrescantes. Continuamos avanzando, yo ya no sonrío, el turquesa no me parece tan excepcional y empiezo a plantearme si lo que me gusta de las excursiones a la naturaleza no es la calidad del paisaje sino esa soledad que experimento. La comunión con la naturaleza, que tal vez no sea real y solo ocurra en mi interior, pero que me inunda de paz.
A punto de llegar a la cascada, el punto final de esta excursión, topamos con un grupo de cuatro adolescentes. No nos da tiempo de adelantarlas y nos vemos obligados a parar cada cinco minutos para no estropear sus fotos. No cruzamos el puente en el que se indica que, por seguridad, no se debe sobrepasar el número de ocho personas hasta que los que están en él (haciendo fotos, sí) llegan al otro lado. A la vuelta, os podéis imaginar, nos sorprendemos de ver a doce personas sobre él. Para sacar la foto más impresionante si usamos la vista, pero para leer carteles de seguridad, no. ¿Para qué? Llego arriba y no me asomo para ver la caída del agua, está abarrotado de personas haciendo fotos aun a riesgo de perder el móvil entre las aguas más turquesas que han visto. Me como mi sandwich con cara de malas pulgas, toso unas cuantas veces y vuelta al parking, que yo ya he visto suficiente…
Antes de que el cinismo me coma por dentro, finalizaré este relato de mi experiencia con una reflexión. La próxima vez que visite un lugar precioso y único, apartado y en el que coincida con poca gente no publicaré el lugar. Tal vez suba «la foto», sí, porque inevitablemente cosas que critico se me han pegado y tiendo a llevarme la contraria a mí misma. Pero no pienso deciros dónde. Os fasitidiáis. Me quedaré con el secreto. Algo que deberían haber hecho muchos otros. ¿Os parece egoísta? No lo creo. En mi opinión todos somos libres de buscar esos parajes, el boca a boca siempre ha funcionado. El problema es que con ayuda de internet masificamos esos lugares, logrando que pierdan la magia. Egoísta es creer que tenemos derecho a ir a todos esos destinos magníficos, dejar nuestra basura en ellos y no respetar el equilibrio que la naturaleza les ha otorgado.
Antes de acabar, una aclaración. No estoy en contra de que se reserve para visitar este lugar en concreto (solo que me llama muchísimo la atención). Si no hubiera un aforo limitado, el daño que infligiríamos a la naturaleza sería irreparable. Para quien guste de ser uno más en una marea de personas que hacen lo mismo y piensan igual: estupendo. Yo me voy al monte sin caminos delimitados ni balcones donde hacer mi fotografía.
Me entristece muchísimo lo que ocurre con lugares como este. No es la primera vez que me pasa. También lo presencié en el Algarve y la playa «secreta» o en la playa de las Catedrales, en Galicia. En aquella ocasión llegué de noche y tras pernoctar en la furgoneta rodeada del más absoluto silencio, amanecí con las voces de innumerables turistas llegados en autobuses. ¿Qué nos está pasando? ¿Dónde queda la originalidad? ¿Tan necesario es ir al lugar de moda a hacernos «la foto»? ¿Cuál es el verdadero objetivo? ¿Ser uno más? ¿Encajar? Para mí viajar no es eso. Lo que me lleva a conocer nuevos lugares, visitar paisajes idílicos es «otra cosa». Es una sensación que no puede describirse con palabras. Es cargar las pilas, maravillarme con las formas que toma la naturaleza, percibir el silencio que la ciudad me niega. Sentir los rayos de sol y el aire fresco llenando mis pulmones y no sentir nada más. Olvidarme del estrés y los horarios. Seguir mi propio ritmo y tropezar con piedras (soy de las que se tropieza, sí, ¿pasa algo?). Mirar al horizonte y no ver el final. Hacer fotos sin prisa y donde me de la gana. Tumbarme entre piedras y boñigas. Cruzarme con un grupo de vacas y mirarlas con ojos de «no te muevas, por favor». Sorprenderme con lo que encuentre al torcer el camino. Comer una manzana al llegar a la cima del monte y pensar que en casa no me sabe igual.
¿Tú que opinas? ¿Te gusta todo eso o prefieres ir a los sitios de moda? ¿Te parece extraño tener que reservar para hacer una excursión o soy un bicho raro?





Replica a ibonegtobarra Cancelar la respuesta