Dos opciones

Cuando sonó el timbre por tercera vez, Elsa tiró la manta a un lado del sofá y echó a correr en dirección a la puerta del piso. Félix se desperezó y la siguió.

Ella se colocó la mascarilla, limpió sus manos con el gel que tenía en el mueble de la entrada y abrió la puerta. Apenas distinguió a su madre, que le lanzaba un beso, desapareciendo tras las puertas del ascensor. Dos planchas metálicas que se cerraban en ese mismo momento llevándose consigo la única sonrisa capaz de reconfortarla.

Elsa bajó la mirada y encontró lo prometido: una bolsa llena de comida. Pesaba, se preguntó qué podía haber metido en una bolsa tan pequeña y cruzó los dedos para que el cartón resistiera un poco más.

Dejó la bolsa sobre la mesa de la cocina y se sobresaltó cuando el termómetro comenzó a pitar. Tomarse la temperatura se había convertido en algo tan rutinario que ya no notaba cuando lo tenía puesto. Lo sacó a través del cuello del jersey aterciopelado y lo miró.

― Esto sí que es una novedad.

Arrastrando los pies dentro de las zapatillas forradas de lana, dejó el termómetro y la mascarilla en una esquina de la mesa y se dispuso a vaciar la bolsa. Lo primero en aparecer fueron las uvas.

― Bueno, Félix, tal y como lo veo, tenemos dos opciones ―sacó dos tabletas de turrón y la sonrisa iluminó su rostro―. Puedo buscar el mantel bonito, las velas y los platos elegantes. Cenar rico rico, luego las uvas y, por qué no, darle a la botella de champagne que tengo guardada desde aquel día que pensé que conseguiría el trabajo de mi vida.

Sacó un túper de pimientos rellenos y cerró los ojos con ilusión. Seguía dedicada a su tarea rompiendo el silencio con cada producto que dejaba sobre la mesa. Solo el tic tac del reloj parecía contestarle.

―La otra opción es más sencilla ―añadió intentando abrir un tarro de espárragos―. Ponernos una peli, cenar lo de siempre y hacer de esta, una noche cualquiera.

El gato dio un salto hasta alcanzar la repisa desde la cual solía contemplar la calle. Dirigió una mirada impasible a la joven y después se centró en lo que ocurría al otro lado de la ventana.

― Mejor ―dijo guardando el bote en la nevera y los pimientos en el congelador―, hoy no me va a saber a nada.

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