Al sur de la isla llegamos a un pequeño pueblo pesquero.
Callejones silenciosos de un blanco reluciente transmiten la palabra paz.
Los niños corren junto al puerto y hay gatos durmiendo a la sombra.
El olor del mar se cuela por las ventanas delanteras, el del pescadito frito por las de atrás.
El cielo, nublado en el horizonte; el viento, furioso; el corazón, en calma.





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